Lunes.
Llego al trabajo, temprano.
Debo serme sincero: la amiga de la Petisa, a esta altura, me importa muy poco. En la cama pensé en Sonia 00. No me pajeé. Nunca lo haría, por la cábala: si me pajeo pensando en ella, significará que nunca cogeremos. Que ni siquiera la besaré.
Y ahora, solo, en la oficina, me digo que quizás tenga posibilidades. Ayer Sonia 00 me dijo que quería ir al cine conmigo. Pensó en mí. Quiere estar conmigo. Vamos todavía, carajo. Me imagino en la sala, viendo Superman-versión-Brian-Singer, la imagen de Superman que toma a Lois Lane y vuelan, muy romántica, muy linda, y al lado, en la sala oscura, la oscuridad de esa petera boca.
Sonia 00 llega a eso de las once.
Bajamos al jardín.
Le pregunto si está mejor.
-¿Por qué lo preguntás?
-No sé, ayer no te noté bien, por teléfono.
-¿En serio?
-Qué se yo, en una de esas te pegó mal ir sola al cine.
-Puede ser. Ya me voy a acostumbrar.
-Sí. Igual te prometo que te acompaño a ver Superman y Piratas del Caribe 2 -apenas lo digo, pienso en el Preceptor, con quien iba a ir a verlas: me va a cagar a pedos, bueno, de última las veo dos veces.
Sonia 00 me mira.
-Digo -digo.
Sonia 00 me mira.
-Me dijiste que querías verlas conmigo.
-Ah.
No, por favor no. No otra vez.
-Igual no te preocupes -dice.
Y dice:
-Ya me voy a acostumbrar a ir sola.
Y no dice:
-Qué bueno que seamos amigos.
Chateo con la Petisa. Mientras la conchuda de Sonia 00 está en su oficina, chateo con la Petisa.
La Petisa me dice que a su amiga le caí muy bien.
-Qué bueno -escribo.
-Dice que le encantaría ser tu amiga -escribe la Petisa.
De repente, me pregunto por maldiciones.
lunes, 17 de septiembre de 2007
Sonia 00: Una menos
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jueves, 16 de agosto de 2007
Sonia 00: La primera amiga de la Petisa (2)
Domingo.
Mientras camino por Gascón hacia la casa de mi vieja, donde almorzaré, me atrevo a llamar por teléfono a la primera amiga de la Petisa. Quedamos en eso, en arreglar horario hoy al mediodía. Soy neurótico, prefiero saber esta clase de dato con mucha anticipación -de ser posible, una semana-, pero intento adaptarme al mundo; hoy, al menos. Claro, se me preguntará para qué deseo saber esa clase de dato con mucha anticipación, y la respuesta es sencilla: para saber. Si sé, por lo general me tranquilizo. La incógnita es un detonante, en mi caso, de la ansiedad, y la ansiedad, de un posible bajón anímico. Muy complicado, lo sé. Pero es lo que hay.
La primera amiga de la Petisa responde enseguida, me gusta su voz, aunque si fuera perfeccionista -cosa que hoy no soy, dado que lo más importante, lo sé (lo sé y me tranquiliza), es sacar a Sonia 00 de mi cabeza, ¿de mi deseo?, no lo sé (he ahí la incógnita, pronto la ansiedad y el bajón...)- señalaría que se ubica unos decibeles por encima de lo recomendable.
Quedamos en vernos a las seis en el Delicity que está sobre Coronel Díaz, a pocos metros de la Plaza Las Heras, a pocos metros de la escuela Wenceslao Posse, donde hice la primaria, y quizás todo esto responda a esa época. Otra incógnita. Ansiedad...
En lo de mi vieja, almuerzo rápido. Ella me pregunta por qué me apuro, y digo con orgullo:
-Hoy tengo una cita.
Ella sonríe. Fantasea con nietos, lo sé.
Llego a casa. Tengo que cumplir con mis cábalas. Son las tres de la tarde, y en tres horas debería ver a la primera amiga de la Petisa. Eso establece que, en tres horas, debería darme el baño de inmersión -sahumerio encendido, Norah Jones a todo volumen-, bañarme dos veces seguidas... No sé, no sé, quizás no alcance a hacerlo. Quizás no alcance a hacerlo y el orden del universo, de mi universo, se desmoronará.
Pienso en eso cuando suena el teléfono. Pienso en la primera amiga de la Petisa, quizás quiera cancelar la cita, aunque recuerdo que no tiene mi número fijo. ¿Mamá me va a aconsejar si el primer nieto debería ser nieto o nieta? Es capaz. A veces pienso que debería ubicarla un poco. Después me da pena. Atiendo.
-¿Hola? -digo.
-¿Elemental?
-¿Sonia 00?
-Qué hacés, como te vaaaaaaaa...
-Bien, bien... ¿Qué pasa que llamaste? ¿Estás bien?
-Sí, tonto, también puedo llamarte cuando estoy bien.
-Mirá vos.
-¿Cómo va el domingo?
-Bien...
-Che, te llamaba porque estoy medio embolada.
-¿Pero no me dijiste que me llamabas estando bien?
-Estoy bien, pero embolada... Bueno, la verdad que estaba pensando en mi ex, y no quiero pensar en mi ex.
-Y por eso me llamaste.
(qué bueno que somos amigos)
-No, tonto, te llamé porque me gustaría verte.
-¿Hoy?
-Hoy.
-Eh...
-¿Pasa algo?
-Te dije que hoy tengo una cita, Sonia 00. La tengo en un rato, y no puedo cancelar.
-Ah. Claro.
-En serio, no puedo cancelar.
-No, claro. Porque quería ir al cine con vos.
-¿Al cine?
-Sí, al cine.
-Qué cosa, justo hoy que tengo la cita. Te lo dije, el otro día.
-Sí, sí, me lo dijiste, pero pensé que se iba a pinchar...
-¿Cómo, que se iba a pinchar?
-No sé, Elemental... Vos no estás para citas a ciegas, vos necesitás una mina que esté bien fuerte.
-Es una amiga de la Petisa, y la Petisa me aprecia. No creo que sea fea.
-No, claro. Tenés razón. Andá, no canceles.
-Por supuesto. No voy a cancelar.
-Tenés razón. Me voy a ir al cine sola.
-Ah.
-Voy a ir a ver Cars.
-Está buena, la vi el otro día con el Preceptor.
-No me la cuentes.
-No, no te la cuento. Está buena.
-Bueno, entonces te dejo prepararte para la cita. ¿Te vas a vestir lindo?
-Eh... Sí, supongo... Me voy a poner ropa limpia, si te referís a eso.
-Tonto.
-Sí, quedate tranquila que me voy a poner lindo.
-Vos sos lindo.
-¿Qué?
-Nada. Andá a prepararte, que yo me voy al cine sola.
Y cuelga.
Me quedo de pie unos quince minutos, atontado. Y ya no queda tiempo para cumplir con mis cábalas.
Nos encontramos con la primera amiga de la Petisa. Ella me mira, me estudia. Tiene lindos ojos. Oscuros, pero dejan ver. Es buena mina, me doy cuenta enseguida. Morocha, piel muy blanca. Viste bien.
Charlamos. Hago chistes, y ella los festeja. Mucho, los festeja. La cosa va bien.
Sin embargo, la cosa no va bien.
Mientras estoy acá, en el Delicity, estoy en otro lado. Estoy en un cine, viendo Cars.
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jueves, 28 de junio de 2007
Sonia 00: Adaptándome
Martes.
Bajamos con Sonia 00 al jardín en varias oportunidades.
Primera oportunidad.
Ella: -Estoy muy contenta, de que podamos ser amigos.
Yo: -Sí, qué bueno.
Segunda oportunidad.
Ella: -¿Viste qué bueno que hayamos vuelto a charlar, así, en carácter de amigos, sin presiones?
Yo: -Sí, buenísimo.
Tercera oportunidad:
Ella: -La verdad que extrañaba, charlar así, con vos, que sos así, tan cálido, tan cuidadoso, tan buen amigo.
Yo: -Gracias.
Cuarta oportunidad:
Ella: -Cuando me invitaste a salir me dio un miedo de que no pudiésemos ser más amigos...
Yo: -Soy un tipo maduro.
Por la tarde, me encuentro con el preceptor. Le cuento las novedades. Me mira, antes de entrar al cine.
-¿Vos estás seguro de lo que estás haciendo?
Me encojo de hombros.
-La verdad, disfruto al estar con ella. Mirarla, escucharla, que me pase a buscar por la oficina...
-Sí, pero vos no querés ser sólo su amigo.
-Eso es un detalle.
-Pero vos, cuando ella te habla, ¿no la querés besar?
-Claro.
-¿Y entonces?
-Y entonces, como soy un tipo maduro, acepto que estoy hecho un gordo paposo, que ninguna mina en sus cabales me daría bola. Y disfruto de lo que tengo.
-Pero no digas pelotudeces, Elementalito, vos tenés lo tuyo.
-Mirá, lo objetivo es lo objetivo: estoy hecho un gordo paposo.
-Con una dieta se va. Vos sos flaco naturalmente, siempre estuviste flaco, ahora engordaste porque te dejaste estar.
-Por eso, cuando vuelva a estar flaco ella me va a dar bola.
-Ajá. ¿Y mientras tanto?
Me encojo de hombros, una vez más.
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viernes, 1 de junio de 2007
Sonia 00: Prólogo 23: Mala sangre
Julio del 2005. Visito al médico. He pasado un año anticoagulado, desde que tuve la primera trombosis. Un año tomando Sintrom todos los días. El médico indica que interrumpa la medicación. Me hacen estudios, descubren que tengo una anomalía genética muy infrecuente: deficiencia de proteína S. Mi sangre, por así decirlo, tiende a formar coágulos.
-De todas formas -dice el médico-, estadísticamente es casi imposible que se repita. Vas a seguir sin tomar la medicación.
Diciembre del 2005.
Un lunes, me duele la pantorrilla -donde tuve la primera trombosis-. Desde que me interrumpieron el Sintrom, ya me sucedió en varias ocasiones en que fui en taxi a la guardia de Swiss Medical con mochila cargada de ropa por si llego a quedar internado. En todos los casos, falsas alarmas: una médica de guardia insinuó que estoy sugestionado. Entonces: un lunes, me duele la pantorrilla. Es un dolor leve, un pinchazo diría. Desaparece a las pocas horas. Debo haberme torcido el pie caminando, pienso.
Sábado. Me despierto inusualmente cansado. Cargo el bolso para llevar ropa a lavar a lo de los chinos. Cuando bajo la escalera del décimo piso donde vivo al noveno a donde llega el ascensor, descubro que estoy agitado. Muy agitado. El recorrido hasta la lavandería china es una odisea, cada paso es quimérico. Al regresar me siento, y la respiración vuelve a la normalidad. Hay mucha humedad, pienso. Además, estoy muy gordo. Debería adelgazar.
Martes. La fatiga continúa. Cuando voy hacia el cine a encontrarme con el Preceptor, en la calle, comienza a faltarme el aire. Tengo que apoyarme contra la pared, y apenas me quedo quieto la respiración vuelve a la normalidad. Viajo en subte. Llego al cine. La fatiga continúa, ahora acompañada de un dolor punzante en la espalda. Cada vez que inspiro, los pinchazos alrededor de los pulmones se reproducen. El Preceptor me mira preocupado, le digo que debo tener muchos gases. Vemos King Kong. Veo poco, debo concentrarme en respirar. Luego se me pasa.
Miércoles. Mientras salgo del subte por la escalera, otra vez me falta el aire. Voy a la guardia de Swiss Medical, al nuevo centro médico que hay sobre San Martín. Me dicen que quizás sea una neumonía, que me fije si tengo fiebre. Voy al trabajo. Cuando camino me falta el aire, si estoy sentado no. Regreso a casa. Le comento la situación a mamá. Me dice que vayamos a la guardia, que de seguro me recetarán algo para la naumonía. Me pregunta si tengo fiebre: 38 y medio, y tiemblo. Y hace un calor de novela. En la guardia del centro Swiss Medical de Pueyrredón y Santa Fe, digo lo mismo que al mediodía. Agrego, por consejo de mi vieja, que tengo antecedente en trombosis. El rostro de la médica se transforma. Me mandan a hacer una tomografía. Me inyectan yodo. Mi cuerpo tiembla. El tomógrafo comienza a hacer tac, tac, tac. Cuando me retiran en silla de ruedas me acuerdo de Locke, me pregunto cuánto me parezco a él. Esperamos, con mi vieja, en un pasillo. La médica se acerca con rostro grave. La tomografía indica que tengo dos coágulos en los pulmones, uno en cada uno, y que éso es lo que dificulta la respiración. Quedo internado. Me trasladan al Sanatorio Agote en ambulancia, por suerte sin sirena. La médica que me acompaña tiene el rostro preocupado, casi diría que tiene pánico, yo le digo que me siento bien, si estoy quieto, que no se preocupe. Cuando veo que los médicos de terapia intensiva me miran con pánico, comprendo que las cosas están mucho peor que lo deseable.
Jueves. Me anticoagulan. Viene mi médico. Dice que soy un caso absolutamente atípico: dos trombosis, ambas en edades infrecuentes por lo joven, que nunca vio algo igual. Le digo:
-Se ve que no conoce a mi viejo, él tuvo también dos trombosis, exactamente a la misma edad que yo.
Paso Nochebuena en el sanatorio. Estoy de muy mal humor. Me peleo con la nutricionista, todos los días. Le digo que de acuerdo a mi cuadro lo único que tengo prohibido son la acelga, la espinaca, los porotos y esas cosas. Que no tengo por qué comer las mierdas que sirven acá. Que dejen entrar a mi hermano con la bolsa de Mac Donald´s -finalmente logra colarla, escondida en su mochila, y disfruto de la hamburguesa con panceta-, que dejen entrar a mi vieja con el lechón que preparó para la cena de Nochebuena -ella lo traía en tremenda bandeja, la frenaron en el estacionamiento-. Toda mi familia viene al hospital a pasar la Nochebuena en mi habitación, aprovechando que ya no estoy en terapia intensiva.
Estoy internado cerca de ocho días. Me quiero ir a casa, quiero estar encerrado, quiero no ver a nadie.
Cuando visito al médico, ya fuera del hospital, me informa que estaré anticoagulado por el resto de mi vida.
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jueves, 31 de mayo de 2007
Sonia 00: Prólogo 19: De vuelta al ruedo.
Hay un momento en que creo que me estoy volviendo loco. Creo que es cuando sucede lo de mi viejo, cuando me hago tanta mala sangre por la crítica negativa del salame. Soy conciente de que lo sobredimensiono, fundamentalmente, porque no tengo otra cosa que hacer.
Pienso, entonces. Tengo que conocer gente, pienso. El Preceptor es un amigazo, pero sólo podemos vernos los martes porque es casado y tiene un hijo. Tengo que conocer más gente. Los compañeros del laburo son compañeros, y con el único con el que me encuentro fuera de la Secretaría es con el Alemán, con quien vamos a comer a la Casa del Queso y lo escucho criticar al resto de los compañeros; son veladas en las que cunde la soberbia de él que estudió Economía de Gobierno -algo así como un máster vip inventado por Cavallo- y mi desencanto de la humanidad. Pienso: tengo que conocer otra clase de gente, o me voy a volver loco.
Llego a la conclusión de que escribir no puede ser todo en mi vida. Más allá de que sea el núcleo de mi felicidad, el teclear palabras, el inventar tramas, no puede serlo todo. Digo, los únicos sentimientos no pueden ser los que invento para personajes.
Hay momentos en que creo que sólo me pueden querer por lo que escribo.
No es ilógico: es lo único que hago, prácticamente.
Repaso: yo tuve una época muy sociable, después vinieron los golpes de la vida, pero yo era un tipo de lo más sociable. Con una seria tendencia de, a la primera de cambio, remitirme al ostracismo. Pero en mis épocas sociales, me iba bastante bien. Digo, en su momento hasta concreté un menage a trois, tuve distintos grupos de amigos. Quizás el problema es que soy muy exigente conmigo y con los demás, por eso luego me desilusiono y me aparto. Y me quedo solo.
Repaso, intento rememorar metodologías de conocer gente.
Al día siguiente le escribo al Profesor, el mismo que me orientó cuando tenía 18 años y empecé a asistir a su taller literario. Tengo 34, y el pedido me parece absurdo desde el punto de vista estético. En el mail que le envío soy muy sincero:
"Quiero conocer gente. ¿Puedo retomar el taller?".
No voy desde hace más de diez años.
Él me responde que el conocer gente es muy buena causa para retomar. Me dice que empiece cuando quiera.
Lo hago a la semana siguiente.
Y quiere la fortuna que, el mismo día, conozca a el Libanés y la Trotamundos.
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lunes, 28 de mayo de 2007
Sonia 00: Prólogo 04: El oficio más viejo (1)
Lo que me empuja al consumo de prostitutas es un conjunto de factores.
El primero y principal, me siento apartado de la humanidad. Desilusionado, por así decirlo. Deslealtades de seres cercanos, compañeros de trabajo, me llevan, por método inductivo mal aplicado, a suponer que todo es una mierda, que todos son una mierda.
El segundo, es que soy tímido. Digo, nunca le voy a hablar a una mujer en la calle. Y, si se diese el milagro de que me hablasen, me pondría colorado y no sabría qué responder. Supondría que hay un equívoco, un error.
El tercero, no poseo grupo de pertenencia. Mis salidas se reducen al Preceptor -que es casado y con hijo, por lo que nos vemos sólo los martes para ir al cine y comer- y al Alemán -que es compañero de trabajo y aún más tímido que yo, tiene casi cuarenta años y, por lo que cuenta, nunca tuvo sexo con una mujer sin que mediara un acuerdo monetario-. El Preceptor colaboró para presentarme, hace unos años, a la mejor amiga de la que en aquel entonces era su novia y hoy es su mujer. Salimos, nos besamos, nos acostamos, los resultados fueron nulos. No quedaron amigas de su señora por presentarme. El Alemán, bueno, ya lo dije.
El cuarto, no hay mujeres a las que seducir ni siquiera en mi trabajo. Las que me resultan atractivas e inteligentes -la Blonda, fundamentalmente- están metidas en otra historia. Las disponibles -Voz Nasal, por ejemplo- reúnen todas las características que detesto en una mujer: arribistas, les interesan los tipos porque tienen coche o porque las llevan a comer a un lugar determinado -no tengo coche, y si bien me gusta ir a comer a buenos lugares e invitar, me repele la sensación de que si no pago sería algo así como poco hombre; además, si voy a salir con alguien con quien dé luego para salir, espero que la mujer, al menos, haga el gesto de amagar a la hora de pagar; voy a pagar yo, claro, pero que al menos quede claro que es una elección y no una imposición-.
El quinto, no hago cursos de ningún tipo. Hay quienes hacen eso, para conocer personas del otro género. Ya hice teatro -con resultados promisorios, en ese sentido-, talleres literarios -ídem-, facultad - creo que soy el único tipo que completó sociología sin siquiera besar a una compañera-, posgrado -una, pero lamentable-. Ya hice lo que va con mis gustos, digamos. De seguir, debería encarar hacia el lado de la danza, y de sólo imaginarme imponiéndome el dos por cuatro tanguero o los brazos en trencito de la salsa, me doy asco a mí mismo. Aún más asco.
Dado ese conjunto de posibilidades, y dado que luego de un par de meses la masturbación, por astronómica que sea la cantidad, me resulta insuficiente, recurro, sí, a prostitutas.
No por nada es el oficio más viejo del mundo. Porque es la demanda más arraigada en la humanidad.
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viernes, 11 de mayo de 2007
Sonia 04: Final (1)
Martes 27 de febrero de 2007.
Voy al trabajo. Los preparativos del casamiento del Flaco están a full. Recuerdo que él y su novia empezaron a salir casi al mismo tiempo que Sonia 04 y yo. Él mañana ya empieza su licencia -se casa el viernes, lloraré en la iglesia, mataré a un perro, pero eso es otra historia-, viajará a Ushuaia con su flamante esposa. Ése es el resultado de ambos y sus casi seis meses de noviazo. El mío, es muy distinto. Pero soy de esa clase de persona, descubro, a la que el otro lo haya conseguido le resulta placentero.
A la tarde, el Preceptor viene al depto nuevo. Tiene que instalar plafones de luz en el comedor, el dormitorio y el baño. Trae una caja de herramientas, como si fuese un profesional. Cuando lo veo manipular los cables a cada segundo temo que haya un corcocircuito. Él, en cambio, teme otra clase de cortocircuito:
-¿Y no te volvió a llamar?
-El sábado, la madre. Para ver si había dejado el depto.
-¿Y para qué carajo llamó la madre?
-Qué se yo. Andá a saber qué les dijo a los viejos, como motivo de ruptura.
-Pero Elementalito, con todo lo que hizo, para echarte el fardo a vos tiene que tener una imaginación más fértil que la de Julio Verne.
-O ser más hija de puta que Hitler -digo.
Una vez que los plafones de luz están instalados, el depto comienza a tomar forma. Ya están las cortinas, que quedan muy bien. Ya está la mesa del televisor, la alacena en la cocina. Ya está, el depto es ahora un hábitat, y no una simple edificación. Aunque aún no tengo internet -la vienen a instalar el próximo miércoles-, la computadora está enchufada.
-¿Te gusta? -le pregunto al Preceptor.
-Claro, tiene tu onda.
¿Mi onda? No sabía que había algo así como mi onda. El Libanés, el sábado pasado, cuando vino, dijo algo parecido: el depto de José María Moreno era el de un pusilánime y una dictadora, esto es otra cosa.
Y quizás sea cierto.
Vamos a comer pizza. El Preceptor sigue repitiendo lo de nuestros encuentros anteriores:
-Esta mina se equivocó mucho, demasiado, nadie hace algo así, es un monstruito, te juro que nunca le tomé bronca a tus novias, pero con esta, te juro, es para desearle lo peor...
Yo asiento. En cierto sentido, que hable tan mal de ella me hace bien. Pero, también, me duele. No por ella, claro, sino por mí: ¿cómo estuve tanto tiempo con alguien así? ¿Por qué me dejé arrastrar a algo semejante?
-Y cuidado -dice el Preceptor, mientras me apunta con una porción de muzzarella.
-¿Cuidado con qué?
-Esto no terminó. Es demasiado conchuda. Algo más va a intentar, seguro.
-¿Te parece?
-Ponele la firma.
Nos despedimos. Regreso al depto. Con luz nueva, acomodo libros en la biblioteca. La mayoría de los libros van al placard, en las dos bibliotecas que tengo entrará, como mucho, un tercio. Coloco, por así decirlo, lo que considero más importante. Cuando introduzco el último libro, suena el celular. Un número que no conozco. Atiendo.
-¿Hola?
-¿Elemental?
-Sí, ¿quién habla?
-La madre de Sonia 04.
-Ah.
-Mirá -dice en tono de pocos amigos-. Te llamo porque nosotros ya entregamos las llaves del departamento en la inmobiliaria. Tendrías que pasar a dejar tu juego.
¿Para qué mierda llama ella, por esto? ¿Quién carajo me la manda? Comienzo a enojarme.
-Bueno, yo ya volví a trabajar, y no sé cómo hacer para coincidir los horarios. Me parece que lo más práctico es que yo le dé las llaves a mi madre y ustedes pasen por su casa a retirarlas.
-¿Nosotros pasar a buscarlas?
-¿No son los garantes? ¿Sonia 04 no es la titular?
-Sí.
-Bueno. Eso. Yo no puedo pasar -ni tengo ganas, pienso: además, si mandamos papis en representación, andate a la puta que te parió.
-Bueno, está bien.
Le paso el teléfono de mi vieja, para que se comunique. Ella anota. Yo espero la despedida con tanta ansiedad como ustedes el final de esta historia.
-Bueno -dice, en tono cada vez más hostil.
-Bueno... -digo, como quien dice chau.
-Quería decirte otra cosa.
Cagamos, pienso.
-Quería decirte que tuvimos que pagar una multa por devolver el departamento antes de tiempo. Los dueños pusieron muy buena voluntad, pero nos cobraron dos meses de alquiler en concepto de multa.
-Mire usted, qué terrible.
-Sí. Eso es lo que nos costó este chiste.
La imagen se detiene.
Yo miro el teléfono. ¿Acaba de decir "esto es lo que nos costó este chiste"? ¿Acaba de decir que la consecuencia de la relación Sonia 04-Elemental es una multa de dos meses de alquiler? ¿Acaba de calificar la relación como chiste? Y, más importante aún, ¿para qué mierda me lo dice? ¿Por qué no se va a la reputísima madre que la parió?
Debería putearla, debería mandarla a la reconcha de su hermana. Pero es una mujer mayor, recuerdo. No corresponde, me digo.
La imagen vuelve a movimiento.
-Mire usted, qué terrible.
-Ah, Elemental, quería decirte que le pasamos a Sonia 04 el libro que le habías prestado al padre. ¿Te lo dio?
-No, pero no importa.
-Bueno, no faltará oportunidad de que se encuentren.
-Eso lo dudo, señora. Hasta luego.
Corto.
Estoy furioso. El departamento se tiñó de rojo. La hija de puta esta no sólo hace llamar a la madre, sino que la madre es una infeliz que me viene a decir que la relación fue un chiste, que me dice cosas que en verdad debería decirle al bagarto de su hija, la reputísima madre que la parió...
Tomo el celular. Tengo que hacer algo.
Y de repente comprendo lo que tengo que hacer: llamar a Sonia 04 y terminar con esto de una vez por todas.
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Sonia 04: Un feliz inquilino
Viernes 23 de febrero de 2007.
Paso a buscar a mi vieja a eso de las 10. Tomamos un café, me pregunta cómo estoy. Le digo que bien, aunque en mi mirada transmito que tengo los huevos llenos de que me pregunten cómo estoy. Por suerte, la perra se tira encima mío, y jugamos.
Vamos a la inmobiliaria. Al llegar, nos conducen a un primer piso. Allí, dos ancianos esperan delante de varias copias del contrato. No parecen buena gente, pero no estoy en situación de ponerme en exquisito. Digo, el alquiler me va a salir un huevo en relación a lo que pagaba antes, pero es lo único que conseguí que reuniese dos requisitos: dignidad y velocidad. Digo, el sábado pasado me enteré que para mudarme a la torre iba a tener que esperar quince días más, el mismo día encontré este otro departamento y menos de una semana después estoy ante estos ancianos con gesto de desesperados por la guita. No está mal, como performance inmobiliaria. Digo, podría ser peor. Aunque haya perdido lo que se pagó de reserva por el de la torre. Aunque los viejos me empiecen a preguntar de todo acerca de mi vida, saltando cualquier límite de la discresión. Lo cierto es que leo el contrato, mi vieja hace como que lee -no se quiere poner los anteojos, es coqueta- y digo está bien. Firmamos. Pagamos. Me dan las llaves del depto.
Soy un feliz nuevo inquilino. De acá a dos años, por lo menos, Charcas y Virasoro.
Mi vieja me acompaña al depto. No tiene alacena en la cocina ni cajonera en el placard del dormitorio. Por lo demás, no está mal.
-¿Contento? -pregunta (al menos no pregunta si estoy bien).
Asiento, aunque enseguida me pongo a llorar en silencio.
Vuelvo al depto de José María Moreno. Comienzo a llenar los canastos. Alterno la tarea con partidos del PC Fútbol. Recibo un par de mensajes de texto -el Preceptor, el Libanés, la Trotamundos- que desean saber si se cerró lo del depto. Les digo que sí. A la Trotamundos le digo que vamos a ser vecinos. Ella está contenta. En cierto sentido, yo también: mañana me voy de este departamento maldito.
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jueves, 10 de mayo de 2007
Sonia 04: Somos tan constructivos y civilizados
Martes 20 de febrero de 2007.
Despierto. Boca pastosa. Quizás tendría que aflojar con el Rivotryl. Desayuno. Voy hasta la computadora, la enciendo, me freno. No me tengo que poner a jugar con el PC Fútbol, porque me cuelgo y después pierdo todo el día. No, soy un tipo productivo, esta semana me mudo. Mientras pienso en eso, suena el teléfono. Atiendo. De la inmobiliaria -la nueva, la del depto de Charcas y Virasoro-, quieren avisarme que ya cotejaron la garantía de mi vieja, que está todo bien, que se comunican con el dueño y coordinan un horario para que la firma del contrato sea el próximo viernes. Cuelgo. Le mando un mensaje de texto a mi vieja para avisarle de la novedad. Cinco minutos más tarde, me llama, contenta. Diez minutos más tarde llama mi abuela, también contenta, me pregunta si estoy bien. Me está empezando a cansar, que todo el mundo me pregunte si estoy bien. Pero bueno, lo hacen porque me quieren.
Salgo. Estoy de buen humor, con la novedad. Voy al mismo locutorio de ayer. Sí, ya estoy en condiciones de escribir. Posteo esto en el blog.
Por la tarde, después de almorzar, voy a la Clínica y Maternidad Suizo Argentina. Ayer la Trotamundos me mandó un mensaje de texto en el que me avisaba que la Mujer Imperfecta había dado a luz. Antes de llegar, dudo: ¿compro o no un ramo de flores? ¿Se sigue usando? ¿Qué carajo se estila, en una situación así? ¿Le convido de mi Rivotryl?
Mientras subo en el ascensor, me pregunto si no molestaré. Entro, y si veo que están apoliyando o algo así, me voy a la mierda, me prometo.
Llego. Golpeo la puerta. Es irónico, pero en este mismo piso estuve internado, hace un par de años, cuando mi primera trombosis. Del otro lado, me dicen pase. Paso. Atravieso el cuarto de hall, llego a donde la Mujer Imperfecta, sentada, le está dando el pecho a su hija recién nacida.
-¡Elemental, qué sorpresa!
La saludo con suavidad. No sé si darle un beso a la beba, no sé cómo es la problemática de los gérmenes en estos casos, aunque también tengo miedo que piensen algo que no es cierto -que no me gustan los bebés-, así que en lugar del beso digo:
-¡Qué linda!
Está el marido de la Mujer Imperfecta, que es el Hombre Imperfecto. Simpático, fachero. Enseguida, nos ponemos a charlar. Yo al principio lo hago en susurros, para no despertar a la beba, pero luego me acostumbro. Les pregunto cómo fue el parto, las condiciones de la prepaga, qué se siente. Me cuentan, divertidos. Es extraño, verlos ahora. Sin distintos, no los mismos que vi la última vez en lo del Piletero. Ahora son Padres. Sin embargo, la Mujer Imperfecta se lo ha tomado con naturalidad, como parece tomarse, siempre, todo.
-Me enteré que volvés al blog -dice, con una sonrisa comprensiva.
-Y, tengo que hacer algo con todo lo que pasó, ¿no?
-Tengo una amiga que es re fanática. Se puso re contenta, cuando le dije que volvía, dice que ahora va a tener qué leer en el laburo. Yo le dije que no se pusiera tan contenta, que si volvías era porque habías cortado y debías estar hecho mierda.
-Y, sí.
Dejo pasar un segundo.
-¿Y qué tal está, tu amiga?
-Es muy linda, muy inteligente. ¿Querés que te la presente? Ah, no sé, ella lee el blog, tiene miedo que después escribas sobre ella...
-Si le prometo que no escribiré sobre ella, ¿serviría?
-Pero... ¿Querés que te la presente? ¿Ya?
-No, la verdad que no. Por ahora no. Dame un par de semanas, por lo menos.
Cuando salgo de la Clínica, camino hacia el Abasto. En el trayecto, recuerdo la imagen de la Mujer Imperfecta con su beba en brazos, y el Hombre Imperfecto que las miraba babeándose. No sé por qué, pero me pongo a llorar en la calle.
Me encuentro con el Preceptor. La idea es ir al cine. Sacamos entradas para ver "Letters from Iwo Jima", de Clint Eastwood. Vamos a comer, me pregunta por las novedades. Le cuento.
-Lamentable, lo del celular. Cuando vos le sacaste las cosas no fue por la guita, fue por otra cosa. Esa mina no entiende nada nunca. Es increíble que nunca haga una bien. Es un monstruito.
-Y sí -digo.
Medio Rivotryl antes de entrar al cine.
Cuando empieza la película, apago el celular. La peli no está mal. Me gusta, aunque me cuesta concentrarme.
Cuando salgo del cine, enciendo el celular. Enseguida, llamada perdida. Mi vieja que quiere festejar por el depto, pienso. Escucho. Sonia 04. Mierda. Escribo un mensajito: "bancá que después te llamo".
-¿Quién era? -pregunta el Preceptor.
-Mi vieja -digo.
No quiero preocuparlo.
La llamo cuando llego al depto, media hora después. Me saluda con afecto. ¿Está drogada? Le explico que tardé en responderle porque fui al cine, no de maleducado.
-¿Fuiste al cine? Qué bueno -dice-. ¿Qué viste? ¿El perfume?
¿Por qué mierda me pregunta esto? ¿Qué carajo le importa?
-No -respondo.
-Ah.
Me explica los motivos por los que me llamó. Aparentemente, su módem de Speedy -el que tenía en su depto/consultorio/depto- quedó acá. Quiere saber si se lo puedo dar. Si se lo puedo dejar al portero.
-No, al portero no se lo doy -digo-. Me da vergüenza. Tocame el timbre y lo bajo.
-Me parece mejor. Más civilizado. Estuve hablando con Malena, y me parece que vos sos un buen tipo, te quise mucho, y me gustaría que fuéramos amigos.
¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿LO QUÉ??????????????? -pienso.
-Quizás no ahora -sigue-, quizás dentro de un par de años. Pero quiero que sepas que te respeto mucho y me gustaría que fuésemos amigos.
-Mirá, Sonia 04. Yo quiero que vos estés bien, en serio. Pero ser amigos, la verdad no.
Y que me empieces a contar que salís con tipos casados como hiciste con Rafael ni en pedo, pienso.
-No, yo digo en unos años. Cuando pase el tiempo.
-Cuando pase el tiempo quizás estemos muertos. Acá nos hicimos mucho daño, Sonia 04. Es irremediable, y lo mejor es que cada uno siga su vida. Si querés, te doy un consejo: la próxima vez que salgas con alguien, no lo vuelvas loco hablándole de tus ex.
-No quiero escuchar tus consejos.
-¿No querías ser mi amiga?
-En unos años.
-Ah. Bueno, ¿pasás mañana?
-A las 8, ¿está bien?
Pienso en lo que me cuesta despertar, desde el Rivotryl.
-No, mejor a las 10.
-No, yo tengo que ir de Malena... ¿Pero a esa hora vos no estás en el trabajo?
-Estoy de vacaciones. ¿Te acordás que íbamos a ir a Nono?
-Ah.
-¿A qué hora?
-Salgo de Malena... Dejame pensar... Tipo 11 y media, ¿está bien?
-Está bien.
-Lo de ser amigos lo dije en serio, eh.
-Yo también dije que no en serio.
-Pero en unos años.
-Hasta mañana, Sonia 04.
Y cuelgo.
Mañana me tengo que cruzar de nuevo con esta, pienso.
Otro medio Rivotryl.
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miércoles, 9 de mayo de 2007
Sonia 04: A buscar
Martes 13 de febrero de 2007.
Estoy hecho mierda.
Llego al trabajo, y voy directo al escritorio. Me dejo caer. El Flaco, la Nena y Voz Nasal me rodean, me preguntan qué me pasa. En verdad, preguntan "qué pasó ahora". Y hacen referencia a que ayer, cuando nos despedimos, yo estaba con los planes de vacaciones, con mis mapitas. Les cuento brevemente. Esta vez hay una diferencia: cuento más. Cuando hablo de las confesas y publicitadas infidelidades de Sonia 04, de su aventura con un tipo casado durante dos años, de que salió con el mejor amigo -ex amigo, después, supongo, aunque nunca lo pregunté- de su ex, me pregunta para qué seguí saliendo. Lo mismo cuando cuento su voluntad de ser ella la que demarque los ritmos de la relación, de los llamados, de los besos. Ni que hablar cuando cuento las intervenciones de sus analistas -¿cómo SUS analistas? ¿por qué no una? ¿y las dos le decían lo mismo? ¿una la mandaba a tirarse las runas y la otra le hacía leer la borra del café?-, y cómo las seguía a rajatabla. La pregunta que me hacen es la misma que me hago, que me atormenta: por qué seguí. Qué hay en mí que me hizo seguir con ella. Qué hay en mí que me hizo seguir con eso.
Miro avisos clasificados. Señal de alarma: los alquileres, pese a la publicidad oficial, aumentaron incluso en relación a diciembre, cuando buscábamos con Sonia 04. Ni siquiera hay departamentos dignos, que merezcan ir a verse. Mierda.
Me encuentro con el Preceptor. Hace tiempo, que no nos vemos. Nos saludamos, inusual en nosotros, con abrazo. Él ya está más o menos al tanto de la ruptura, de la necesidad de mudanza.
En un momento, me dice:
-Pero por lo que me contás ni vale la pena que la llames por su nombre, es un monstruito que cuando se dé cuenta de lo que hizo se va a agarrar de la cabeza, se va a tirar de los pelos de la concha.
Pronto, ni siquiera pensaré en ella en términos de su nombre real. Pronto será sólo Sonia 04. Una Sonia más. La peor, probablemente, pero una más.
En su escritorio, Julio Grondona tiene un cartelito que dice "todo pasa". Y tiene razón.
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domingo, 8 de abril de 2007
Sonia 04: Me siento una mierda
Martes 19 de diciembre de 2006.
Me despido de Sonia 04 por la mañana, y voy al trabajo. Al llegar, le comento al Chancho y al Flaco que fui a ver el frente del edificio del departamento que encontró Sonia 04, y que arregló para ir a verlo hoy al mediodía.
-O sea que aún no hay nada definido -dice el Chancho.
-No, pero todo pinta bien -digo.
-O sea que aún no hay nada definido -repite el Chancho.
Voy a mi escritorio, enciendo la computadora. Siento que el Flaco y el Chancho me miran con compasión, como si supiesen más que yo acerca del futuro.
Sonia 04 llama a eso de las doce y media. Atiendo. Lo primero que escucho es:
-Lola.
-¿Perdón?
-Lolamento. No me gustó -se ríe.
El resto del diálogo no interesa. Estoy harto.
A la tarde me encuentro con el Preceptor. Dice que estoy demacrado. Le cuento del fin de semana, de las esperanzas vanas, de que hoy me dijeron lola como si todo formase parte de una joda.
-Elementalito -dice-, una pregunta.
Le hago una seña para que la efectúe.
-¿Pero cuando están bien están bien?
-No entiendo.
-Digo, me queda claro cuándo están mal, que es muy seguido. Pero digo, debe haber momentos en que están bien, ¿no?
-Por supuesto.
-¿Y en esos momentos están muy bien?
Hago un repaso mental: que yo recuerde, no hubo 24 horas seguidas en las que no hubiese algún problema en la relación. A veces por culpa mía, a veces de ella.
-No entiendo -digo, para no responder su pregunta: aún me resta algo de vergüenza.
-Cuando están bien, ¿vale tanto la pena como para bancarse todos esos otros momentos en los que están mal?
Me quedo callado.
-Mirá, Elementalito, yo sé que vos querés estar en pareja, pero te estás engañando. Yo no sé si la querés, en una de esas sí. Pero me parece que la mina no da. Salvo, claro, que cuando estén bien estén recontra bien.
Pienso en Mar de las Pampas, digo que ahí estuvimos muy bien. Omito, claro, mi discusión por "Los puentes de Madison" y el cinturón y las demoras de Sonia 04.
-Me hizo un pete en los médanos -digo.
El Preceptor asiente.
-¿Y cuánto sale que te lo haga una puta? Digo, en una de esas es más barato.
Llego a casa. Sonia 04 se encontraba con Gladiola, y luego venía para casa. La verdad, no tengo ganas de verla. Deseo pensar, y hablar mañana en la sesión de terapia de pareja, con alguien de por medio. Quizás, sí, la cosa no va más.
Suena el teléfono. Atiendo. Sonia 04.
-Quería avisarte que no me esperes despierto -dice-. Recién llego, y vamos a cenar.
¿Y si no quiere que la espere despierto, para qué mierda viene a casa a dormir? Ah, recuerdo, mañana tiene sesión con Malena, su analista suplente, porque Gaby no tenía turno. Y yo encima no tengo ganas de verla...
-Dejá, entonces no vengas -digo, y sueno molesto.
-¿Por?
-Estoy cansado, quiero dormir de corrido.
-Bueno, está bien.
-Si podés, llamame cuando llegues a tu casa así me quedo tranquilo -digo.
-Ok -dice ella, notoriamente molesta.
Cuelgo. Me baño. Me voy a dormir.
El teléfono suena a las doce y media de la noche. Atiendo. Sonia 04.
-Hola, Pipu.
-Hola.
-¿Estabas durmiendo?
-Sí.
-Ah, bueno, entonces voy para mi casa.
-¿No estás en tu casa?
-No, estoy por dejar a Gladiola y quería ver si iba para tu casa.
Unos instantes. No debería, pero lo digo:
-Bueno, dale, vení.
-Pero estabas durmiendo.
-Sí, no vamos a hablar mucho, pero dale, vení.
Corta.
Llega media hora más tarde. Media hora en la que estuve sentado, esperando. Abro. Nos saludamos con un pico. Me cuenta que con Gladiola fueron a la pizzería de nuestra primera cita, y que descubrió maravillada que tiene terraza.
-Una terraza hermosa, Pipu.
-Mirá vos -digo.
En verdad, quisiera decirle que el humor con que hoy me anunció que el departamento no le gustaba me cayó como el culo, que estoy pensando en si vale la pena seguir con ella. Nos desvestimos. Nos acostamos.
-Estás callado -dice ella, cuando la luz ya está apagada.
-Estuve pensando, Sonia 04. Estuve pensando que con vos me siento una mierda. Al lado tuyo, con el trato que me das, me siento una mierda. Mañana estaría bueno que lo hablemos en terapia de pareja.
-¡Ah, no! -grita ella.
Enciende el velador. Se levanta de la cama.
-¿Qué hacés? -pregunto.
-Me voy. Yo no quiero estar junto a alguien que se sienta una mierda, si está al lado mío.
Se viste. Va al comedor. Yo, en calzoncillos.
-¿Por qué no te dejás de joder? -pregunto.
-Lo viste a tu amiguito el Preceptor, ¿no? Seguro que te estuvo llenando la cabeza.
-Tanto como lo debe haber hecho Gladiola con vos.
-No, todo lo contrario. Gladiola me dijo que siguiera apostando.
-Gladiola es depresiva y masoquista, Sonia 04.
-No, nene, me lo dijo porque yo hablo siempre bien de vos.
-Debe ser porque sólo hay cosas buenas para decir.
-¡Ah, no! ¡Esto se terminó!
-¿Sabés qué pasa? No me querés. No tengo dudas, de que no me querés. ¿Y sabés otra cosa? Dudo que alguna vez hayas querido a alguien. Quizás sí a Edgardo, porque tenías cómo creer que alguien era peor que vos.
Ella termina de vestirse. Le pregunto si tiene la llave que le hice, para abrir abajo. No la tiene, la olvidó. Me visto. Bajo. La acompaño hasta el garage. Ella saca el coche. Se va.
Quizás estuve duro, pienso. Quizás tomé una decisión apresurada.
Las preguntas se multiplican, así como la angustia. Cuando calculo que Sonia 04 está en su casa, la llamo.
-Quería saber si habías llegado bien -digo.
Ella está fría, distante. Supongo que la cosa no va más. En un momento, estoy llorando.
-¿Por qué llorás? -pregunta ella.
-Porque estoy mal. Porque no parás, Sonia 04, no parás. El viernes discutimos, el sábado también, el domingo también, y hoy lo del departamento parecía una cargada... Y cuando te digo que me siento mal, que me siento una mierda, vos te hacés la ofendida... Estoy mal, ¿entendés? Hace un año mi viejo se pegó un tiro, y ni me preguntaste cómo estoy en relación a eso, en relación a nada. No me preguntás un carajo, no tenés ni un cachito de piedad, que vos seguís arrasando...
-No quiero que estés así.
-Estoy así.
-Voy para allá.
Corta.
Rato más tarde, está en casa. Son las 2 y pico de la mañana. Le digo que mejor no hablemos, que intentemos dormir. Contra lo que podría suponerse, me duermo enseguida.
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