La metodología es la misma. Selecciono avisos del diario Clarín -versión web- tratando de que sean números de teléfono próximos al departamento. Con el paso de las semanas voy acumulando tarjetitas que guardo en la billetera. Cada prostituta, cuando se va de mi domicilio, deja una tarjetita. Las tarjetitas son todas iguales. "Servicios empresariales", "regalos empresarios", indican.
Por lo general, me tratan bien.
Hay una pregunta que se reitera en todas las oportunidades, entre la primera y la segunda "participación". Preguntan, ellas, desnudas junto a mí en la cama, si soy casado o estoy de novio. Respondo, siempre, lo mismo.
-No. Sino no llamaría, ¿no?
-La mayoría de los que llaman son casados, o están de novios.
-¿En serio? No entiendo, ¿y para qué llaman?
Ellas, todas, se encogen de hombros. Las respuestas, a partir de este punto, son divergentes:
a) Algunas sostienen que los hombres son así (así, dicen, como si así implicara algo que desconozco);
b) Otra esgrimen que con ellas pueden hacer cosas que con sus parejas no (me pregunto qué, lo que yo hago con prostitutas es menos que lo que hago con una pareja, si tengo en cuenta que ni mamado les haría sexo oral y ni intento besarlas);
c) Otras dicen que en la variedad está el gusto;
d) Varias dicen que esos tipos casados o de novio les cuentan que sus parejas los engañan y que el llamarlas es una especie de venganza.
Me pregunto por qué estos últimos directamente no cortan la relación. En realidad, me lo pregunto en relación a todos.
Todas, absolutamente, luego de que les digo que no estoy en pareja, dicen lo mismo:
-¿Pero cómo, si sos un lindo tipo?
Creo que algunas lo dicen en serio.
Una de las ventajas de acostarme con prostitutas es que me desentiendo de sus placeres. Si lo hago con alguien que me une el afecto, o que estuvo implicado un juego de seducción, me preocupa darles placer. Con las prostitutas, en cambio, si bien las trato con amabilidad -ya bastante deben tener con laburar de esto como para que encima las traten como el culo, pienso-, su goce me lleva sin cuidado.
Uno sabe, cuando se acuesta con una prostituta, que no les dará placer. Que el sexo, para ellas, es algo distinto que para uno.
Por eso me asombra, a veces descubrir humedad donde no debería haberla.
Por eso me asombra, entre tantos gemidos fingidos con mayor o menor talento, varios que son ciertos.
Por eso me asombra, en las miradas finales, agradecimiento por algo más que los pesos que ya entregué.
Hay algunas a las que identifico por el nombre, a las que, cuando llamo a la agencia, pido por ellas.
Una, por ejemplo, es estudiante de farmacia y bioquímica.
Otra, en las pausas entre una y otra participación, me muestra, en su billetera, las fotos de sus hijos.
Hay una ocasión en que la prostituta interrumpe el acto. Suena su celular. Es joven, no creo que tenga más de veintitrés años (ella, no el celular). Se levanta, me pide disculpas, me pide silencio. Atiende. Dice que está haciendo unos trámites. Dice que también lo quiere. Dice que ya se van a ver.
Antes de retomar el sexo oral, antes de acomodar el preservativo, dice, con los ojos desviados hacia la cartera en la que estaba el celular:
-Pobre, no sabe nada...
lunes, 28 de mayo de 2007
Sonia 00: Prólogo 05: El oficio más viejo (y 2)
Etiquetas: General
Sonia 00: Prólogo 03: Una cuestión de peso
Repaso del fin de semana promedio.
Salgo del laburo viernes tipo 17.
Llego a casa tipo 18.
No vuelvo a salir hasta el lunes.
En ese lapso, miro películas y series.
Pornografía, también.
Las persianas, bajas.
O sea: me tiro en el puff azul, delante de la computadora, y miro la pantalla.
El acompañamiento es variado: cerca del mediodía el almuerzo, cerca de la noche la cena, durante el día galletitas de todo tipo y variedad, luego de la cena helados -por lo general Chomp-. Miro la pantalla, sentado en el puff, mientras mastico.
Un día descubro que el cinturón ya no cierra en el último agujero.
Otro día, descubro que me siento más cómodo si desabrocho el pantalón.
Resultado del proceso: 87 kilos.
Pesaba 75 kilos.
Mido 1,73 metros.
Peso normal de acuerdo a nutricionista: entre 74 y 77 kilos.
O sea: anormal, anormal.
Etiquetas: General
Sonia 00: Prólogo 02: Perdido
Hay un momento, en este período, en que descubro la serie "Lost". Lo que me empuja es que, mientras aún estaba con Sonia -01, conocí "Los Soprano" y me fascinó -vi las primera y segunda temporada de corrido-. Leo reseñas muy elogiosas, el tema de náufragos en una isla no me resulta particularmente atractivo desde el bodrio de Tom Hanks, pero tengo tiempo y banda ancha.
Creo que uno de los primeros elementos que me fascinan de la serie es la estructura, la recurrencia constante a flashbacks para entender el presente de los personajes en la isla, la forma en que los autores intentan dar cuenta de que ese "perdidos" del título no hace referencia a la estancia en la isla, sino a las condiciones en que llegaron a esa isla más allá del accidente, la caída del avión. Seres perdidos.
Dicen que la identificación es uno de los elementos que más empatía crean entre la obra y sus receptores.
Odio a Jack, el médico, el protagonista inicial. Me resulta demasiado perfecto. Odio a quienes intentan serlo, no a los que lo consiguen.
Yo lo intenté demasiado tiempo.
Rápidamente, me identifico con Locke. Bueno, no tan rápidamente, tengo que esperar al capítulo 4 de la primera temporada, a que se descubra su pasado y por qué él se aferra desesperadamente a esa situación de aislamiento en la isla. Locke se aferra a una segunda oportunidad. De hecho, la busca desde hace tiempo.
En cierto sentido, lo que John Locke busca es mucho más que el reconocimiento de sus padres que lo abandonaron, sino la posibilidad de reconocerse a sí mismo, de no avergonzarse de quién es, de no avergonzarse de no haber sido querido por sus padres. Locke encuentra, en la isla, su lugar en el mundo.
Hay un momento en que, muy sereno, ante alguien desesperado, dice: viví con odio demasiado tiempo, no desde que llegué a la isla.
Lamentablemente, me identifico con lo que es su vida hasta la isla.
Quizás porque también, todavía, busco mi lugar en el mundo.
Hay elementos que me divierten de Sawyer, el estafador. Es lindo, yo lo fui. Tiene algo que, sé, resulta similar: los demás ven en él un ser duro, irónico, casi despiadado.
Y su pasado, desconocido por todos, lo demuele.
Veo la primera temporada en un fin de semana. Veinticuatro capítulos.
Me adentro en las tierras de esa isla, en los misterios que siembran los guionistas con sabiduría.
Paradójicamente, me siento menos perdido.
Etiquetas: General
Sonia 00: Prólogo 01: Pensar en nada
(entender qué sucedió y por qué con Sonia 00 -y, ahora que lo pienso, también en buena medida con Sonia 01, 02, 03 y 04- implica conocer qué ocurrió antes; sin embargo, ¿cómo relatar un año y medio en el que no ocurrió nada?; la serie de prólogos es exactamente eso, una intención de describir la nada).
Corto con Sonia -01, los motivos no vienen al caso. Corto, y me dedico de lleno a escribir. No es que hasta ahora no lo hiciese, pero ahora lo hago de lleno. Me despierto, voy al trabajo, regreso y escribo. Cuando no escribo, miro películas o series de televisión. O me masturbo, también. Bastante. Una cantidad, digamos, piadosamente imprecisa, apoyada en la pornografía que descargo con el Emule.
Hay una fotógrafa especializada en pornografía, Suze Randall, que realiza verdaderas piezas maestras. No se trata de obras de arte, no me engaño, no intento engañarme. No intento disimular el consumo de pornografía con vetas artísticas -creo que una de mis pocas virtudes es ésa: no trato de engañarme, o al menos no por mucho tiempo-. Pero la belleza de las modelos, la nitidez de las imágenes, lo imponente de las producciones, la llevan a convertirse en una de mis preferidas.
Llega un momento en que conozco a las actrices porno por el nombre. Aimee Sweet, Jenna Jameson, Anais Alexander, Aria Giovanni, Jassie... Hay una, la más bella de todas, que sólo hace fotografías, no encuentro ninguna película: Veronika Zemanova.
Entonces: escribo mucho, miro muchas películas y series, consumo altas dosis de pornografía.
Vivo en el barrio de Once. Un ambiente. Calle Matheu. Contrafrente. Extremadamente ruidoso. Me mudé acá en agosto. En noviembre, corté con Sonia -01. En marzo, me canso del departamento y de los ruidos que éste implica. Abandonar el departamento implica una discusión con la dueña, amiga de mi madre, que había ocultado el batifondo que significa vivir en esta pocilga. Odio el departamento, a esta altura. Supongo que lo odio porque no tengo demasiadas cosas por odiar. Lo cierto es que lo dejo.
El primer día en que salgo a buscar departamento nuevo que alquilar, el primer departamento que veo, un milagro. Soy el décimo, undécimo de la fila. La gente entra, lo mira y se va. Les pregunto si es malo, hacen gestos de desdén, alguien explica que es un último piso por escalera. Las embarazadas, las futuras embarazadas, las que sueñan con quedar embarazadas, desisten. Y la gente sigue pasando. Cuando llega mi turno, el encargado del alquiler -que es quien administra el edificio- tiene gesto hastiado. Después que yo, en la fila, hay más de cuarenta personas. Subo las escaleras, supongo que será horrible. Sin embargo, y me lo repito en forma constante, no tengo que dejarme llevar por el impulso de comparar con el depto de la calle Matheu: todo sería bello, entonces.
El tipo abre la puerta, entro. Es el único departamento del piso, lo cual es todo un milagro para un dos ambientes. Es el último piso, también. Desde la ventana, se ve el patio del noveno, donde toda la gente del edificio va a colgar su ropa lavada. No está plastificado. Es, sí, silencioso. Se nota. Del otro lado de la calle, una fábrica. Los horarios de fábrica no me molestan, por lo general en ese tiempo trabajo. En el jardín de la fábrica, árboles inmensos, desde el depto se ven las copas con nitidez apaciguadora. Es un depto viejo, se nota. Pregunto por las expensas, son baratas. Pregunto por qué ninguno de los que pasó alquiló, el tipo se encoge de hombros. Pregunto las condiciones del alquiler, él pregunta mis condiciones laborales. Cuando digo profesional, soltero, ministerio de economía, sus ojos brillan. Alguien me dijo, alguna vez, que poseo alto puntaje entre postulantes a alquileres. Aparentemente, carecer de afectos y vida social es un bien valorado en el ámbito inmobiliario.
Saco dos billetes de cien pesos del bolsillo, y cuando le doy la seña al tipo me digo que éste es un buen departamento para alguien que desea ser escritor. Un departamento que me aisla del mundo.
Estamos en marzo del 2005.
Etiquetas: General
jueves, 17 de mayo de 2007
Efectos inesperados del blog, un diálogo real
Son varios diálogos con gente distinta, pero los condensé en uno solo.
-No sabés, mis amigos lo están leyendo todos, se re engancharon.
-Mirá qué bueno. Hasta ahora, me parece que la mayor parte son lectoras. Loco, ¿no?
-¿Por qué te sorprende que haya tantas lectoras?
-Y, qué se yo, la verdad que el rol femenino no queda tan bien parado, en lo que cuento en el blog.
-No me parece que sea machista.
-No, para nada. Si lo que trato de contar es justamente eso, que soy lo menos machista del mundo, pero me encuentro con cada personaje...
-Sí, es loco, que las minas se enganchen tanto. En parte, puede ser que les llama la atención un hombre que muestra así, descarado, digamos, su costado femenino.
-Sí, puede ser. Tengo casi treinta y seis, más vale que acepte mi lado femenino.
-Claro, claro. Eso está bueno. Además, las minas lo deben leer para compararse. No sé, yo me las imagino que lo leen y piensan en cómo un tipo como vos, que va con la mejor onda, se tiene que enfrentar a esos monstruitos... Bueno, monstruitos la 03 y la 04, las otras no tanto, la 02 re normalita, buena onda, la 01 un cachitín histérica, aunque en realidad a mí me parece que sólo quería garchar, por eso no hubo onda.
-Clelia me dijo que las cartas indicaban que estaba de novia.
-¿Sabés que puede ser? Ahora que lo decís, puede ser... Igual, lo que te decía, las minas deben leer el blog para hacer el mecanismo inverso, deben pensar "y yo que soy mucho mejor que cualquier Sonia me engancho cada Sonio...".
-Sí, igual no me gusta, eso de hombres Sonios. Habría que buscar otro nombre.
-Sí, habría que buscar... ¿Te diste cuenta que Sonia se relaciona con soñar? Loco, ¿no?
-Sí, yo no lo había pensado. Ya me hicieron varias interpretaciones de lo que escribí en el blog, pero la verdad que yo no pienso mucho, en lo que escribo para ahí. Digo, me cago en el metalenguaje cuando escribo literatura en serio, así que imaginate para el blog.
-No, pero tiene una bocha. Vos ponés las cosas en carne viva, en el blog.
-Porque hablo de mí, y esas cosas me dejaron en carne viva.
-Sí, pero hay algo más. Porque el manejo de las pausas, el estilo, eso es tuyo, no es lo que pasó. En cierto sentido, es ficción.
-Todo lo que cuento es real.
-Ya lo sé, chabón, ya lo sé. Pero cuando lo escribís, y más cuando lo colgás, se transforma en ficción. Y es una ficción incómoda. Te dije que varios amigos míos ahora comparan a sus novias con Sonia 04, ¿no?
-¿Para?
-Porque vos mostraste el infierno. Y uno a veces está en el infierno sin darse cuenta, como vos cuando lo vivías, antes de escribirlo. Y bueno, ellos quieren ver si sus novias los llevaron al infierno o no.
-O sea, soy una especie de Dante.
-Una especie, sí. Y hay más efectos.
-¿Más?
-Ponele todo lo que decís de la fidelidad, de esas cosas. No es frecuente, que alguien lo diga con tanta vehemencia. Vos viste, los que estudiamos, los que leemos, nos agarramos de que todo es relativo y esas cosas. Y de repente leemos tu posición furibunda, simple, lógica, y nos hace repensar.
-¿En serio? Yo creí que me iban a tomar por boludo.
-A veces sí, pero es la primera impresión. Ese diálogo con Sonia 04 lo leí como cinco veces, y al final terminé dándote la razón. Tengo que ser fiel con mi novia, y sino me voy a la mierda.
-¿En serio?
-Tal cual.
-Mirá vos. Entonces estoy cambiando algunas actitudes en algunos lectores. Qué loco.
-Se te está escapando de las manos.
-Sí, y ahora imaginate si sale en libro.
-¡Eso sería buenísimo! ¡Si con el blog se armó todo esto, imaginate con el libro!
-Yo te juro que pago todas las ganancias que me deje el libro a cambio de una foto de la cara de Sonia 04 cuando lo vea en la librería.
-Eso. ¿Y no tenés ninguna foto, de ella?
-Por suerte, no.
-¿Y enganchaste alguna mina, por el blog?
-Sonia 05, 06 y 07 son lectoras del blog.
-¿Y?
-Todo mal, por razones muy distintas.
-Claro.
-...
-...
-...
-Vos sos conciente, que ahora te va a ser más difícil levantarte una mina, ¿no?
-¿Por?
-Y, si leen el blog van a tener miedo de que escribas de ellas.
-Pero Sonia 06 tenía miedo de eso, le prometí que nunca escribiría y nunca voy a escribir.
-Sí, pero no te digo por lo que vos vas a hacer, sino por lo que las lectoras se pueden pensar.
-Y bueno, qué le voy a hacer. La suerte está echada.
-Pero mirá el lado positivo.
-¿Hay lado positivo?
-Sí. Fijate la paradoja. Que lo hayan leído te hace más difícil que se te acerquen, pero si se acercan saben que vos después podés escribir, o sea que te van a re cuidar, mimar y esas cosas.
-¿Te parece?
-Es claro.
-Mirá vos.
Etiquetas: General
viernes, 2 de marzo de 2007
jueves, 1 de marzo de 2007
Sonia 04: En San Juan (01)
Miércoles. Llego a San Juan y en el aeropuerto se me cumple un sueño: un empleado del INV me espera con un cartel con mi nombre. Me presento, me conducen al hotel. Manganetti aún no ha llegado desde Mendoza, le escribo un mensaje de texto para saber cuándo llega, y al poco tiempo recibo una respuesta:
"Te equivocaste de destinatario, saludos".
Me fijo. El nombre de pila de Manganetti es el mismo que el de Sonia 03, sólo que con una vocal de diferencia al final. Quien respondió era ella. ¿Una señal?
El resto del día es tranquilo. Por primera vez, no le escribo mensaje de texto sólo a mi madre para decirle que llegué bien. El día consiste en armar unas jornadas para mañana. El día consiste, fundamentalmente, en enviarle mensajes a Sonia 04 y recibir los de ella, bastante después.
Como si estuviera de novio.
Etiquetas: General, La Creyente, Manganetti, Sonia 03, Sonia 04
miércoles, 27 de septiembre de 2006
Hoy una promesa
Vengo de terapia. Por encima de mis (no) relaciones con las mujeres, está el tema de la paternidad. El tema de mi padre, también, que el año pasado intentó suicidarse aunque en mi vida estaba muerto hace rato. El tema, entonces, de que quizás pongo trabas en mis relaciones con las mujeres por miedo a convertirme en alguien como mi padre. En algún momento le digo a la psicoanalista:
-Mirá, todo esto es demasiado complicado. ¿Cómo hago para tomarme la vida más levemente?
No responde. Lacaniana. Si respondiese, sé lo que diría:
-¿Y a vos qué te parece?
Y a mí no me parece nada. Escribo, publiqué una novela, se supone que es como tener un hijo, la primera vez que la vi en un stand de la feria del libro sentí eso, que era un bebé, que empezaba a gatear. Bueno, por lo que fue la repercusión que tuvo, debería decir que fue un bebé con poca vida. Un tullidito, digamos. Y no sigo porque no da para humor negro.
En algún momento de la sesión, me acuerdo de George Lucas.
-Él adoptó y no es casado -digo, con la felicidad de quien cree haber descubierto algo, aunque sea una idiotez.
-¿Es gay? -pregunta mi analista, sorprendida.
-No, creo que no. Si se trata de paternidad, podría adoptar. No tiene por qué mezclarse en mis relaciones con las mujeres.
Me mira. No habla. Hay veces en que gritaría. Pero no, no da. Diría que es una reacción ante mi mismo. ¿Diría que es una reacción de mi inconsciente, si la arrojo por la ventana? Interesante.
-Digo, tengo 35 años. No es como con las mujeres, no voy a tener menopausia (o eso espero) -la analista no sonríe, ya dije que es lacaniana-. Pero tampoco voy a ser un padre viejo, de esos que no pueden tener en brazos a sus hijos, de esos que van a comprar pañales para los hijos y para ellos. No, eso no -estoy embalado, los silencios de la analista no me amedrentan-. Pero prometo esto: si a los 45 no tuve un hijo, hago la gran George Lucas y adopto.
-Esto es una sesión, no un lugar para hacer promesas.
-A mí no me importa, yo lo prometo.
Estoy a punto de llevarme los dedos en cruz a los labios, para besarlos, pero recuerdo que soy ateo. De todas formas, soy un hombre de palabra. Y la promesa ya está hecha.
Etiquetas: General
martes, 26 de septiembre de 2006
Clelia cumple, Elemental indignifica
Clelia dijo que para mediados de septiembre encontraba el amor. Dijo, también, que antes había sexo con alguna mina. Con Sonia 01 lo dejé pasar (soy un imbécil), con Sonia 02 no daba, y con Sonia 03, bueno, mejor no entrar en detalles.
O sea, no tengo posibilidades de que la primera profecía de Clelia se cumpla. Y, por lo tanto, no se cumplirá la segunda. La única forma de dar con amor a mediados de septiembre es, entonces, tener un polvo. Ya mismo.
Me fijo en la página de Clarín, en los clasificados. No tengo que buscar demasiado: recuerdo algunos avisos de la época en que era editor de una revista de psicoanálisis y ganaba bien y recurrir a estos servicios era asiduo. Me atiene una voz agradable, aunque sé que es probable que sea una mujer mayor, quizás horrible, quizás todo lo contrario de lo que la voz deja imaginar. Me pregunta mi nombre, y digo:
-Elemental.
-Bueno, Elemental, el servicio es completo. Empezamos por unos masajes descontracturantes para que tu cuerpito (¿por qué dice cuerpito? ¿cree que me resulta excitante?) quede relajado. Los masajes son con manos, y con cada parte de mi cuerpo (¿con cada parte de su cuerpo? ¿pretende masajearme con su cabeza? con su rostro podría ser, pero su cabeza...). Te untamos con aceites, y luego, claro, la participación (¿por qué se refieren al sexo como participación? ¿tendrá algo que ver con el siga participando de las tapas de las botellas de gaseosa?), bucal, vaginal y anal. Si lo preferís, podemos intercambiar roles.
La verdad, no tengo ánimo siquiera para imaginar lo que sería intercambiar roles. Luego de Sonia 01, tengo cubierta por mucho tiempo la dosis de relatividad de los roles masculino y femenino.
Le digo que sí, que deseo que vengan a domicilio. La tarifa aumenta diez pesos, más los viáticos. Está por cortar cuando le digo:
-Por favor, que sea delgada.
No adelgacé trece kilos para estar con una prostituta que no sea delgada, pienso, me indigno, intento consolarme.
Llega poco rato después. Es simpática. En algún momento estoy por preguntarle la edad, pero prefiero no correr riesgos legales. Los masajes son, bueno, cualquier cosa menos masajes. Luego no está mal. Como diría el Ganador, es gauchita. Simpática, me pregunta el nombre, la profesión, en la segunda participación que alcanzo a cubrir en una hora -tiempo acordado- hasta me da un beso. Cuando se va, me deja una tarjeta. Mientras vuelvo al ascensor, guardo la tarjeta en el bolsillo, como prueba al destino de que la segunda profecía de Clelia continúa en pie.
viernes, 22 de septiembre de 2006
Atrapado sin salida
Le doy clase a Pipi, mi alumno gay. Tiene cuarenta y pico, escribe maravillosamente bien aunque es inconstante. Leo su relato plagado de brujas de barrio, maldiciones y heroínas sufridas. Lo disfruto. Sobre el final de la clase, le pregunto.
-Pipi, ¿te puedo hacer una pregunta?
-Claro, Elemental.
-Mirá, tengo 35 años, muchos años en la espalda, y la verdad que las minas me tienen podrido. Vos que sabés del tema, ¿estoy a tiempo de hacerme gay?
-Ay, Elemental, eso no se elije.
-No, pero en serio, no las soporto. ¿No tengo salida?
-¿Cómo te ves besando a alguien con bigotes?
-Mmmmm... No. No podría.
-¿Ves? Ya está, no podés.
-¿Entonces no tengo salida?
Pipi se encoge de hombros. Su silencio me hace temblar.
miércoles, 20 de septiembre de 2006
Hoy estoy de mal humor
Sonia 03 deja secuelas. Mi mal humor, por ejemplo.
En donde trabajo no se puede fumar en las oficinas. La dictadura de la salud. Hay que bajar al jardín. Acompaño al Enano, para contarle de Sonia 03 y sus silencios. Hablamos junto a la puerta que da al jardín, hasta que una vieja se pone a gritar que ese no es el sitio para fumar, que nos faltan diez centímetros, que el Enano la va a matar de cáncer.
-Señora -digo, antes de que el Enano pueda responder-, están repartiendo porongas en Plaza de Mayo. Si se apura, consigue una.
No es mi día.
sábado, 16 de septiembre de 2006
Las ruinas circulares
Me acuesto. Cerrar los ojos es imposible. Al menos si llorase con los ojos cerrados sería más digno, porque no vería borrosa la oscuridad.
Soy un desastre. Un fóbico, eso es lo que soy. Arruino todo lo que toco. Imposibilito cualquier posibilidad de que se me acerquen. Asesino niños en las calles, por las noches. Bueno, eso no, pero de seguir así en cualquier momento. Ella era buena, yo malo. Malo, feo, y sucio. A mí no Ettore Scola, me daría una palmada en la espalda. El mundo, me da la espalda. ¿Y si me voy a pescar, me meto en el río y me ahogo? Ah no, no pesco. Y ése es un suicidio de mujeres, y yo soy hombre. ¿No será que soy gay reprimido, que hago todo esto para no hacerme cargo? Las sábanas se adhieren a la piel, transpiro demasiado. Soy muy peludo. Soy horrible, y cuando me ven no me hablan. Ese es el problema. El problema soy yo, y el hecho de que no me puedo dormir. ¿Qué soñaría, en una situación como esta? ¿Para qué quiero soñar, si voy a terminar por estrellarme? ¿Hoy había estrellas en el cielo? Cielito lindo. Lindo, eso es lo que debería ser. A quién carajo le importa alguien ingenioso. Lo que no entiendo es por qué a veces en el espejo me veo lindo. ¿Qué veo, en el puto espejo? ¿Para qué inventaron los espejos? ¿Estaré loco? ¿Cómo hago para acallar la angustia? ¿Cómo hago? Cuando estoy triste, escribo. Bueno, en verdad es una compulsión: escribo mucho. Por eso dicen que escribo como el orto, que mi semántica es horrible. Y tienen razón. Pero, al fin, algo de lo que aferrarme: tengo ideas, muchas. Cómo no tenerlas, si no sé desenvolverme en el mundo empírico. Idea, si al menos tuviese una que me permitiese apagar esta angustia, esta sensación de locura.
Entonces, la idea.
Y la idea es empezar este blog para al menos reírme de mí mismo.
Etiquetas: General
miércoles, 13 de septiembre de 2006
El duelo culinario, al fin
Cuando llego a casa del Ganador –taxi: un tupper para las croquetas y una fuente para el tiramisú-, el Libanés ya espera frente a la puerta. Subimos, empezamos los preparativos. Descorchamos vinos –la semana pasada, el Libanés y yo fuimos a un curso de cata, y de alguna forma tenemos que mandarnos la parte-, nos preguntamos cuántos vendrán, si gustarán los platos que preparamos. Él se pone a cocinar, mientras observa con recelo la fuente con el tiramisú –cocino rico pero no prolijo, y milagrosamente el tiramisú me salió una pinturita para los ojos-. Pronto arriba
-Sofía 01 –dice, muy sereno-. Justo ahora, llama.
Sofía 01 lo dejó hace poco con argumentos que generaron que todos los amigos del Libanés quisiéramos ir a cagarla a trompadas, pero él igual estaba mal. Ahora, sin que ella hubiese dado señales de vida durante semanas, llama. Y él ni se inmuta.
Pronto arriba
Mis amigos tienen conocimiento decreciente de las Sonias: saben todo de Sonia 01, un poco de Sonia 02, y nada de Sonia 03. Podría contarles de la última, pinta bien, pero recuerdo que mi rol en el grupo es de tipo ácido que hace comentarios ácidos que generan acidez. Mejor continuar con el rol perdedor de incomprendido por las mujeres. Algún comentario sobre Sonia 01 –nada, no contesta, no dice, no habla, no tiene espacio físico y mental-.
Servimos los platos. Todos disfrutan. Y la verdad que tanto mis platos como los del Libanés salieron muy bien.
-Ustedes son dos solteros codiciados –dice alguien del género femenino.
Lo cierto es que, de los hombres en el comedor, somos los dos únicos que no tenemos pareja. Pero ahora se supone que somos solteros codiciados. Los amigos están para este tipo de frases, ¿no?
Teoría ácida durante la cena, 1: así como Los Piojos significa un punto de inflexión a partir del cual se inicia la muerte del rock nacional, la serie Sex and the City significa un punto de inflexión en el inicio del fin de la humanidad. A los hombres no nos gustan esa clase de minas que sólo piensan en comprarse zapatos y comentar con sus amigas con quiénes se acostaron. (los hombres no pensamos en términos de zapatos, y deseamos la exclusividad de hablar de conquistas con amigos).
Teoría ácida durante la cena, 2: Ayer los hijos de puta de
En los dos casos, al enarbolar las teorías, tal como indica la costumbre del grupo, todos las refutan. La única que salta en mi defensa es
-Es verdad –dice ella-, pero pobrecito, él dice esas cosas y alguien tiene que defenderlo.
Entre otras cosas, por eso es
martes, 12 de septiembre de 2006
El duelo culinario: historia y preparativos
Tal como dije en el post anterior, la idea del duelo surgió de una noche de descontrol. Era el cumpleaños de
Con el correr de los días, el Libanés adujo inestabilidad emocional para enfrentar desafío semejante. Intenté disuadirlo, explicarle que el duelo era sólo una excusa para una reunión entre amigos, pero fue en vano. Sólo cedió cuando le dije que no sería duelo sino menú compartido. La fecha acordada, entonces, es hoy.
Mi aporte: croquetas de queso para la entrada y tiramisú para el postre. Voy a Coto, cargo el carrito. Queda poco Bayleys, recuerdo, y compro Tía María Cream: lo mismo, pero más berreta y barato. El borracho solitario es una idea que me seduce, en cierto modo. El chef talentoso, también.
Etiquetas: El Libanés, El Tarta, General, La Mujer Imperfecta, La Trotamundos
viernes, 8 de septiembre de 2006
Soy un imbécil
Me despierto y desayuno de mal humor. Mientras bebo un café con leche inmundo (elegimos el hotel más barato para que los míseros viáticos rindieran) entra una chica hermosa. Y cuando digo hermosa quiero decir eso: hermosa. Aún tiene el cabello mojado, viene de ducharse, y el sólo pensar en eso me lleva a imaginarla desnuda en la ducha. Se sienta en otra mesa, lejana pero de frente a mí. La miro, y ella ni siquiera desvía la vista hacia mí: de repente, el inmundo café con leche se ha convertido, para ella, en un manjar. Desayunamos en silencio y en soledad, y cuando termino, cuando Manganetti ya está en la puerta del hotel para ir conmigo a una reunión, aparece la Blonda desde su habitación. Ella también tiene el cabello mojado (¿todos tienen el cabello mojado? Manganetti no porque es pelado, yo no porque a los tres minutos de bañarme ya está seco... ¿qué shampoo debería utilizar? por favor, dejen comment), pero no la imagino desnuda. Se acerca, me saluda, le hago una seña para que se siente, y estoy a punto de decirle que el café con leche es horrible cuando mi mano queda flotando en el aire y la Blonda se dirige a la chica hermosa. La saluda con un beso, hablan algo que no alcanzo a escuchar, y luego gira hacia mí y me hace una seña para que me acerque. Voy, la Blonda dice mi nombre y luego el de la chica hermosa, de cabellos mojados, que no puedo dejar de imaginar desnuda en la ducha (¿las mujeres se dan cuenta cuando un hombre las imagina desnudas?). No hablo, jamás lo hago cuando una mujer me atrae. La Blonda la saluda, me acompaña a la mesa, desayunamos, y mientras bebe su café con leche repugnante (quizás porque bebe su café con leche repugnante y eso despierta sus bajos instintos) me dice en un susurro:
-Esa era la chica que te quería presentar ayer.
Y hoy nos vamos, recuerdo.
El título del post lo dice todo.
Etiquetas: General, La Blonda, Manganetti
domingo, 3 de septiembre de 2006
El mundo es un lugar horrible
Me despierto, y no hay mensaje de Sonia 01. Hemos pasado de dos, tres y hasta cuatro (larguísimos) mails a ninguno.
Voy a almorzar a lo de mi vieja. Van también mi hermana y su marido. Remarco: mi hermana menor y su marido. Antes de que mi madre diga algo respecto a que quiere nietos (remarco: a que me lo diga a mí, pues como mi hermana es bailarina de tango expone -aparentemente con eficacia- el argumento de que ella no puede, que ya habrá tiempo: por algún motivo que desconozco, mi madre cree más factible que un hombre soltero forme una familia a que lo haga una mujer casada), le digo que las mujeres están locas, que no saben lo que quieren. Mi mal humor va creciendo, digo que el país está en una situación calamitosa, que el mundo es un lugar horrible, me voy antes incluso de tomar café.
Voy al supermercado. Compra del mes. Como quizás la relación con Sonia 01 se haga realidad (espero, intento forzar a los astros), compro Bayleys y dos copas de whisky de lo más chic. Compro el resto de lo usual, y pido que me lo envíen a domicilio. Pregunto cuánto van a tardar, me dicen que alrededor de dos horas. Vuelvo a casa con la esperanza de que haya mail de Sonia 01. No. Espero las dos horas, y llamo al supermercado. Dicen que hay un retraso, que en una hora me traerán los productos, entre los cuales había congelados. Una hora más tarde, vuelvo a llamar. Más sinceros, me confiesan que no tienen la más remota idea de cuándo vendrán. Voy hasta el supermercado, y me dirijo directamente a la gerenta. Tengo que cancelar la compra, le explico. Primero pone cara de este tipo está loco, pero yo esgrimo que hablaré con la asociación de defensa al consumidor. La chica, desganada, anula la compra, y no entiende por qué le indico que el Bayleys y las copas de whisky las separe, que me las llevo. Estoy de mal humor, pero me quedan resquicios de esperanza.
Etiquetas: General
Agrandado
Antes de salir para el taller literario, me fijo si hay mensaje de Sonia 01. Nada. Recuerdo que tenía que almorzar con una amiga, y luego trabajar en algo que le había quedado pendiente.
Parto al taller.
Los que asistimos al taller somos: el Libanés, la Trotamundos, la Cuyana, el Tarta y yo. Cuando comienza la clase, el profesor siempre nos pide que narremos nuestra semana. Por lo general, nunca tengo nada que decir. Mejor dicho: nunca tengo nada que decir de lo que dice el resto, que son sus novias, sus salidas, las personas que conocieron. Por lo general, la narración de mi semana se reduce a problemas laborales, algún libro que leí, película o serie que vi y qué estoy escribiendo. Esta vez, en cambio, digo:
-Ayer conocí a una chica.
Digo que me fue bien, que estuvimos charlando desde las diez y media de la noche hasta casi las seis de la mañana. ¡Bien!, dice el profesor.
-Y hoy tengo que salir con otra.
En verdad, la salida con Sonia 02 es, a esta altura, un contratiempo. Desearía ver a Sonia 01, pero le dije que tenía que salir y ella, también, tenía un cumpleaños. Si voy es para no fallarle a la Petisa, y para hacer rendir los trescientos y pico de pesos del saco que me compré por su consejo. Digo la frase, entonces, para causar impacto, para sorprenderlos gratamente. El tipo que vivía encerrado en su casa ha comenzado a salir, y por su cuenta, sin ayuda de las fiestas de sus amigos (que son, justamente, ellos).
En un momento de la clase, la Trotamundos me dice algo, yo no la escucho bien porque leen un cuento, le pido que se quede callada y ella, por primera vez desde que la conozco, alza el tono de voz de forma tal que todo el mundo se queda en silencio:
-¡Vos estás re agrandado! -me grita.
No le respondo. No tiene sentido ponerse a discutir en público. Ya imagino que el resto piensa que le hice cualquier cosa, y por eso ella me grita.
Y no le respondo porque, fundamentalmente, algo de razón tiene.
Etiquetas: General, La Trotamundos
viernes, 1 de septiembre de 2006
Crónica de un día agitado
Prepararse para una cita no es simple. Y menos aún si se trata de una primera. Y menos aún si uno no experimenta una primera cita desde hace demasiado tiempo. Y menos aún si lo que tiene que poner en regla es demasiado.
Poco después del mediodía me llama Sonia 02. Hablamos, detecto algunas coincidencias (somos del mismo equipo de fútbol, le gustan los perros), pero hoy no hay demasiado espacio para otra cosa que no sea Sonia 01.
Voy a la peluquería. La de siempre, en la misma cuadra del departamento. Juancito -setenta años- me corta el pelo y no dice nada de mi catarro, aunque habla sin parar. Juancito, al hablar, pronuncia las palabras que tienen por última vocal "e" reemplazándolas por una "i". ¿Tenís que cortarti el pelo así?, me dice en un momento. Me encojo de hombros, y una mata de cabellos cae al piso. Lo bueno de Juancito es que ya casi no puede caminar, entonces va rotando la silla giratoria a medida que el corte avanza, con lo cual no veo el resultado hasta último momento. Y el resultado, descubro a último momento, no está mal.
La Petisa me aconsejó que me comprara un saco. Tengo 35 años, las camperas de cuero ya no son lo más recomendable. El problema es que salen caras, aún no me depositaron el sueldo, por lo que le pido a mi vieja que me acompañe al shopping -en realidad, le pido a su tarjeta de crédito que me acompañe al shopping- y, previa advertencia de que no tiene derecho a opinar sobre la ropa, termino por comprarme un saco de corderoy -el vendedor dice que es marrón oscuro, yo lo veo verde, y no soy daltónico, pero me gusta-. La sensación ante el espejo es extraña: sé que en un día de buen humor me voy a ver elegante y en uno de bajón me veré viejo, aburguesado. Hoy, de momento, me veo elegante.
Cumplo todas las cábalas que conozco: baño de inmersión mientras en la computadora suena Diana Krall, ducharme dos veces de corrido, utilizar shampoo nuevo, maquinita de afeitar nueva. Hasta me compré una colonia -el perfume, luego de la devaluación, está vedado: tampoco puedo abusar de la tarjeta de crédito de mamá, pues cuando llega el resumen me pedirá el monto-. Antes de vestirme, otra cábala: pongo el CD con los nuevos temas de Calamaro, de homenaje, y -persianas bajas, tengo piedad por los vecinos- bailo solo, en calzoncillos, en el comedor. Cada una de estas cábalas me brindó una alegría diferente, en su momento. Hoy, todas juntas, deberían tener resultado explosivo. Cuando la hora se acerca, sigo las cábalas: me lavo los dientes dos veces, dos buches con líquido para la boca.
Y la última cábala: llegar temprano. Salgo con mucha anticipación, y sé que daré varias vueltas por ahí hasta aguardar las 22.30, hora en que me encontraré con Sonia 01.
Mañana, la cita y sus detalles.
jueves, 31 de agosto de 2006
Mis compañeros de oficina
Mis compañeros de oficina son cinco.
1) El Flaco: técnico en alimentos, pasó los treinta. Lo dejó la novia con la que pensaba casarse. Cada tanto bromea con que la única persona que lo llama por teléfono es la grabación de Piñón Fijo para solicitarle donaciones para el día del niño. Nadie sabe cuán bien le cae su propia broma.
2) El Chapa, o Chapi: ingeniero agrónomo, pasó los cuarenta hace bastante. Está loco, y además es actor (aunque no necesariamente en ese orden). Su vida amorosa es, para mí, un misterio, aunque cada tanto, al entrar en la oficina (en los extraños momentos en que entra en la oficina) dice son todas putas.
3) El Tanguero: economista agrario, edad indefinida. Si pasó los cuarenta, se mantiene muy bien. Si no, bueno, siga participando. Tipo terminante. Por algún motivo, con el único que se lleva bien es conmigo. Al resto, cada tanto le pide silencio.
4) El Chancho: antes el Chancho era yo (bautizado por él), pero cuando bajé de peso le heredé el apodo. Anda por los cuarenta. Casado, dos hijas. Su mujer llegó a directora, y él se mantiene en nuestro escalafón. Dado que ella está mucho más ocupada que él, el Chancho es quien cuida a las dos nenas. Y se lo ve feliz. O al menos eso intenta aparentar.
5) El Nono: trabaja medio día, por la tarde. Mezcla extraña de conservador y progresista, a veces se escandaliza cuando digo malas palabras (pero vos sos escritor, me dice), otras disfruta fotos porno que le mandan por mail. Ya superó los sesenta.
Cuando corto el chat con Sonia 02, el Nono aún no llegó. Alzo la cabeza y digo:
-Este fin de semana salgo con dos minas distintas.
Me miran. Por lo general, no entienden cuando hablo en broma. Esta vez, parecen no entender que lo digo en serio.
Etiquetas: El Chancho, El Chapa, El Flaco, El Nono, El Tanguero, General
lunes, 28 de agosto de 2006
El amor como coincidencia
Por algún motivo que desconozco, las coincidencias hacen al amor. Y cuando digo hacen me refiero a que lo construyen. Las coincidencias son, por así decirlo, la piedra fundamental del amor.
Supongamos que conocemos a una mujer (si sos lectora, suponé que conocés a un hombre, o, si tu orientación sexual lo exige, una mujer... perdón, casi lo olvido y no deseo enfrentarme a minorías: si sos hombre y homosexual, imaginá que conocés a un hombre... dicho sea de paso: si sos lesbiana, acá contás con un gran fanático). Salimos a tomar algo (por tomar algo puede entenderse también una cena, o el cine, o acercarse a hablar en una reunión o boliche), y a partir de ese momento el diálogo flota en el aire, se deja llevar por el viento de las intrascendencias hasta que en un momento aparece la frase mágica que indica que la cosa puede elevarse de nivel: ¿en serio? yo también. Lo que genera la frase puede ser tanto que uno acaba de decir que es militante del Partido Obrero como que alguna vez visitó la isla de Martinica o que cuando era chico jugaba a las escondidas. No resulta relevante, es apenas una excusa para que se produzca la coincidencia. La otra persona abre un poco los ojos, sonríe con interés, y nos invita a seguir el diálogo. Mejor dicho: nos invita a que continuemos tirando puntas hasta que se produzca la siguiente coincidencia.
Incluso en los levantes más orientados a la pura trifulca sexual, la coincidencia es necesaria. Dice uno: me gustás. Dice la otra: ¿en serio? yo también. Ok, reconozco que este ejemplo es un poco forzado, pero cuando elaboro una de estas teorías me encapricho.
Desde mi punto de vista, la búsqueda del yo también no es otra cosa que egoísmo. Lo que intentamos es descubrir cuánto nos reflejamos en el otro. La coincidencia, en cierto sentido, reduce al otro a un objeto. Y ese objeto es el espejo.
Bueno, al leer los mails de Sonia 01 siento que las coincidencias laten. Y, si no me equivoco, a ella le sucede lo mismo.
Estamos interesados, de alguna forma, en el otro. Es decir, cada uno en sí mismo.
Etiquetas: General