sábado, 26 de mayo de 2007

La peor cita de tu vida: Emilie (y 5)

Con la excusa de “mira que linda noche”, “mira las estrellas como brillan, bla bla bla” Juan estacionó el auto y se arrimó a mí para besarme. Yo, que estaba decididamente fuera de mi cordura, no rechacé el beso, no sólo que no lo rechacé sino que yo también lo besé, o sea, nos besamos. Tal como lo había pensado, Juan no besaba mal, por lo tanto la posibilidad de que se convirtiera en mi amante por una noche seguía en pie. Acto seguido sucedió lo que se imaginan. No pregunten cómo alguien puede terminar de esa manera con la otra persona sin que la persona le guste, porque yo aún sigo sin encontrar respuestas a ese interrogante. Fuimos a un hotel y cuando nos estábamos besando y Juan se saca la remera yo descubro que tiene colgada una medallita religiosa. Aclaro que yo soy una persona respetuosa de las religiones ajenas pero, dadas las circunstancias, una medallita en el pecho de J. era lo que menos me esperaba. Por suerte él atinó a sacársela antes que yo lo propusiera, pero para ese momento la situación era irremediable.

Cuando salimos del hotel le pregunté a Juan qué significado tenía la medalla que tenía puesta, él me preguntó si yo era creyente, a lo que yo respondí “no, no soy agnóstica” “ah porque yo sí y tengo algo especial con las vírgenes”-comentó él. Era algo así como devoto de unas cuantas. Hice que la conversación derivara en religión y la verdad teníamos concepciones muy diferentes, todo bien con su fetichismo por las vírgenes, pero no quise saber más, ya tenía suficiente para charlar en terapia de porqué había llegado a ese punto con Juan cuando no me gustaba ni un poco. Me alcanzó a tomarme el colectivo y yo huí antes de que me pidiera mi teléfono. Después de esa vez lo encontré en el msn una vez e inventé alguna excusa para no volver a verlo. Luego lo eliminé de mis contactos, él me mandó mails a los que respondí diciendo que había vuelto con M., totalmente mentira. Y hace un par de meses, DOS años después, sí dos años, de nuestra única cita, recibí un mail de él en el que me decía que quería saber de mí. Esta vez no respondí.

Después de este episodio no volví a entrar nunca más a un Chat y aprendí que por más desesperada en conocer a alguien que esté no podría jamás tener un amante con características tan disímiles a mí. Y, pese a que esto no me sirvió como escarmiento, hoy en día tengo terror a las citas a ciegas.

La peor cita de tu vida: Emilie (4)

Tal como lo había previsto Juan era un chico cheto de esos que hablan como si tuvieran una papa en la boca, al escucharlo me lamenté mucho no haber hablado por teléfono con él previo al encuentro (paso muy importante en una cita a ciegas). Al principio de la conversación entramos más en detalle sobre nuestra ocupación; él trabajaba en una productora de televisión muy conocida, había estudiado periodismo en una escuela privada, todo esto lo acreditaba a decir que era periodista; y según él esto hacía que nosotros tuviéramos cosas en común, dado que yo estaba estudiando Comunicación. Todo esto podría haber sido solo un detalle sino hubiera sido por la manera en la que él lo mencionaba; trabajar en la PRODUCTORA era algo que lo hacía creer importante y sacaba chapa con eso cada vez que podía (como si a mí me importase). En el medio de la charla sobre periodismo, comunicación, etc; él me comentó que no podía creer que una estudiante de comunicación (yo) no tuviera celular, no estaba sorprendido sino sorprendiiiidíshimo, en serio. Este tipo de cosas hacía que yo tomara cerveza sin parar y me preguntara a mí misma qué era lo que me había llevado a estar en semejante situación. Por otro lado, se hacía cada vez más evidente que Juan estaba con claras intenciones de levantarme; cuando ya habíamos hablado de nuestras carreras, trabajos, etc; continúo la charla haciéndome preguntas majul como ¿Qué es lo primero que le miras a un hombre? o ¿Qué es lo que más te gusta de un hombre?. Por supuesto que él también quería dar su opinión, así que solito me dijo que lo primero que se fijaba de una mujer eran las manos y la sonrisa, y elogió ambas partes mías. “ Ahh ah, mirá vos” yo sonreía y tomaba más cerveza.

Era claro que a mí Juan no me gustaba ni cómo hablaba ni lo que hablaba ni siquiera cómo era físicamente, en definitiva no me gustaba. Y hasta el día de hoy sigo preguntándome cómo y porqué después de todo acepté dar una vuelta en su auto con la excusa de ir a otro bar. Cuando subí a su auto supuse que la cosa iba a terminar mal. Puso un compilado de rock nacional, lo que le dio pie para que me hablara de su fanatismo por Calamaro. Bueno que le guste Calamaro es normal, a mí no me desagrada, pensaba yo; que sea fanático es otra cosa, pero hay fanáticos de cosas peores, me convencía yo. Mientras en su compilado sonaba Rata Blanca y él me hablaba boludeces importantes, que en este momento no recuerdo, yo seguía preguntándome “qué estaba haciendo ahí” y seguido a esto meditaba sobre si era posible tener un amante con las características de Juan. Parecía como si yo no estuviera en el auto sino completamente zambullida en pensamientos neuróticos sobre porqué estaba ahí y lo que seguiría después, hasta incluso en un momento sólo escuchaba “bla, bla, bla” pensando en la posibilidad salvadora (¿) de que a lo mejor Juan besaba bien. Sabía que se aproximaba el MOMENTO del beso y yo era bastante culpable de que ese momento se efectuara.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (3)

Con cierta dubitación, dimos el primer paso, que fue el intercambio de fotos. En cuanto a la foto que recibí de él pude advertir que no se trataba de alguien feo, pero tampoco lindo, era común. En cuanto a mí, Juan se quejó del tamaño del popurrí de fotos que yo le mandé (eran pequeñas) pero dijo que podía dilucidar que yo era una linda chica. Yo no supe como devolverle el cumplido, no quería adelantarme y tampoco quería mentirle así que respondí con un gracias seco. Sinceramente a mí Juan no me llamaba la atención en lo más mínimo, pero yo insistía en que tenía que existir algo que me motivara a continuar con esa “relación” sino interrumpía todo mandándolo a los desechos de la cpu. Ya que para mí una relación virtual no tiene ni pies ni cabeza.

Así fue como una tarde tuvimos una charla en la que di lugar a que nos sinceráramos un poco más y habláramos de nuestras propias inseguridades, nuestros intereses, nuestros miedos generales a la vida, nuestros egoísmos y generosidades, y, la verdad no me acuerdo qué hablamos, pero a partir de esa vez empecé a sentir curiosidad, y a convencerme que a lo mejor sí teníamos algo en común con Juan que por chat no lo podíamos develar. Viéndolo a la distancia de los hechos, lo cierto era que yo quería conocer a alguien, cualquier medio para hacerlo me cerraba y no tenía miedo a la decepción porque en definitiva no estaba ilusionada. Así que me convencí de mil formas que no estaba mal conocer a Juan y acepté tomar un café con él.

Fue así como un día, después de un mes de charlas esporádicas por el msn, nos citamos en Plaza Serrano a las 21hs. Llegué unos 10 minutos antes de la hora acordada, como él no estaba y dado que estaba un poco nerviosa fui al quiosco a comprarme unos chicles. Cuando regresé Juan ya estaba en la puerta. Al verlo yo ya sabía que no me gustaba, primero por su estatura, era bastante más petiso que yo, y segundo porque tenía pinta de cheto, pero no era feo y yo ya estaba ahí y Juan me había visto acercarme hacia el lugar, por lo tanto no podía huir, la cosa debía continuar.

Nos saludamos con un beso en la mejilla y entramos al bar, un poco nerviosos, él sugirió que nos sentáramos en el rincón donde estaban las mesas con silloncitos en vez de donde estaban las mesas con sillas comunes. Era claro, seguía con intenciones de levantarme. Así que nos sentamos ahí, pedimos una cerveza, yo elegí la bebida, necesitaba un poco de alcohol por si la situación se ponía tensa o aburrida. Era claro, yo estaba dispuesta a que pasara lo que pasara.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (2)

Decidí ponerme un nick raro que sirviera de filtro, ya que no me interesaba conocer a alguien que de entrada me hiciera las típicas preguntas de prontuario y de manera consecutiva, “¿Cuántos años tenés?, ¿De dónde sos?, y la peor de todas éstas “¿Cómo sos?”. Así es como me puse Hipérbole, realmente quién podía hablarme con ese nombre si ni siquiera determinaba mi sexo. En fin, el nick era efectivo si yo no quería que se me abrieran montones de ventanitas con pajeros “hablándome”, pero como dije antes yo quería conocer a alguien por lo tanto si nadie me hablaba la idea del nick era un fracaso.

Finalmente me titiló una ventanita en la que me conversaba un tal Juan, que si mal no recuerdo a lo primero que se refirió fue a la originalidad de mi nick. En el instante en el que le contaba a Juan el por qué de mi nick concluí que en ese momento de mi vida todo lo que me pasaba yo lo llevaba a su máxima exageración, así que si en nuestra vida tuviéramos que definirnos a partir de una figura retórica mi elección de aquella vez hubiera sido, sin duda alguna, la de hipérbole.

Volviendo a Juan, me acuerdo que a cualquier cosa que me preguntaba le anteponía o agregaba el término “linda”: “Linda, ¿a qué te dedicas?” o “¿Cuántos años tenés?, linda”. Esa forma de llamarme me desmotivaba a continuar la charla, ya que una de las cosas que más me desagrada es que un tipo te llame “linda”, y más aun cuando una no le ha dado la confianza para que te nombre de esa manera. Pero debo reconocer que soy una neurótica obsesiva con esas cosas y en definitiva lo que importaba es que el que me llamaba “linda” había sido el único que me había hablado, además usaba todas las tildes y no me había preguntado “¿Cómo sos?”. Por lo tanto mi tolerancia hacia Juan aun no había llegado a su límite.

Esa tarde habremos hablado 30 minutos, antes de despedirnos lo agregué al msn, y sí, yo seguía firme en mi objetivo de conocer a alguien a toda costa. A partir de ahí empecé a chatear con él siempre que lo encontraba conectado; esas charlas consistían en una mera descripción de lo que estábamos haciendo cada uno en ese momento o de cómo había sido nuestro día. Fue así como pasó el tiempo y yo finalmente me reintegré a mis actividades usuales y me recuperé un poco de mi crisis depresiva, con lo cual Juan podría haber quedado relegado al mundo virtual. Sin embargo, yo seguía sin conocer a nadie y sintiéndome sola; entonces Juan estaba cada vez más cerca de pasar al escenario del mundo real.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (1)

En el verano del 2005 yo me decido a irme sola de viaje al norte del país. Pese al carácter solitario que adquirió ese viaje, la pasé bien hasta que, cuando faltaba una semana para mi regreso a Buenos Aires, me caí de un cerro y me lastimé la parte inferior de mi pierna derecha. El traumatismo sufrido no fue tan grave para lo que había sido la caída, se podría decir que la saqué barata, pero esto no me salvó de tener que pasar una noche en el hospital de Tilcara. Para ese momento yo ya me había separado de los chicos que había conocido la primera semana de viaje, así que estaba completamente SOLA. Cuando me dieron el alta al día siguiente decidí continuar con mi aventura. En ese lapso de tiempo seguí conociendo gente, la cual en su mayoría era mucho menor que yo, que en ese momento tenía 24 años, con lo cual no sólo me sentía sola, y aburrida por no poder subir a ningún cerro por el accidente sufrido, sino también desfasada en edad con respecto al viaje que estaba haciendo, en síntesis, me sentía un sapo de otro pozo. Por lo tanto emprendí mi vuelta a Buenos Aires días antes de lo previsto.

La sola idea de llegar de Humahuaca a Liniers un viernes a las 6 de la tarde era ya suficiente para angustiarme. Si a eso le sumamos que yo volvía con una pierna hinchada, tomando antibióticos y anti-inflamatorios, y con la indicación médica de que hiciera reposo por tiempo indeterminado, lo que en la práctica significaba entre otras cosas que no podía salir ni ese fin de semana ni el próximo y debía estar con la pierna levantada la mayor parte del día, mi estado ya era más que depresivo. Ergo la soledad que había sentido en la última parte del viaje no había sido nada; en Buenos Aires eran días enteros sin poder ir a trabajar ni a cursar, en consecuencia mi vida social era nula.

Durante mi reposo una de las pocas cosas que podía hacer era cruzarme al locutorio que quedaba enfrente de mi casa y comunicarme con mi gente a través de Internet. Así fue como una tarde me encontré conectado en el Messenger a M., un chico con el que yo había dejado de salir un año atrás y del que había estado enamorada. En esa charla le conté mis nuevas malas, y él remató la conversación poniéndome al día de sus cosas, de las cuales la única que retuve, y la que no me dejó pensar en otra cosa durante varios días, fue que se había puesto de novio. Sólo me faltaba enterarme de eso para terminar de hundirme por completo en un pozo depresivo. Además de no poder salir y por lo tanto de no poder conocer a nadie no podía recurrir a la atención de un ex. El mundo estaba indudablemente en contra mío, realmente todas las cosas que me ocurrían las creía tremendas, me sentía una desdichada, inútil y cada vez más horrible.

En pocas palabras el aburrimiento y la soledad que sentía en esos días me llevaron a meterme en un chat. No era la primera vez, ya lo había hecho de más chica, pero en esas ocasiones mi intención no era la de conocer a nadie, sólo me motivaba la curiosidad por el medio. Ahora me estaba metiendo en esos canales de Chat que tienen categorías que dicen de tal edad a tal edad, con la sincera intención de conocer a un hombre. Y esto, debo reconocerlo, me hacía sentir aun más perdedora.

(continuará)

viernes, 25 de mayo de 2007

La peor cita de tu vida: Luisette (y 5)

A esta altura el tipo me caía bien, me causaba gracia, no sé. Yo veía toda la situación desde afuera, como desde el foco del café que nos alumbraba, veía el cuadro completo y pensaba que no teníamos nada que ver y que ambos, cada cual a su manera intentaba pilotear lo mejor posible el momento. Yo hacía esfuerzos por escucharlo seriamente, mordiéndome la risa, para que el breve espacio de la cita transcurriera de una manera poli, para que él se sintiera cómodo. De última después de irme no le daba más bola.

Y se vé que resultó, que se sintió cómodo porque empezó una suerte de monólogo. Estuvimos dos horas, casi 3 en el café, y miento si digo que era un diálogo, era más bien un soliloquio de su parte con pequeñas intervenciones mías tales como “Ahá” “Mmm” “qué bien!””jaja” “en serio?” Pensé que hubiera sido mejor si ibamos a los boxes y él se recostaba, mientras yo con lentes tomaba apuntes de los aspectos mas relevantes de su discurso. Me contó desde su infancia en La Plata, el divorcio de sus padres, que la madre era bailarina y el padre la había engañado con otra y después la había dejado, alejándose también de él. Su relación estrecha con la mamá, sus angustias laborales recientes, su separación y su culpa de padre divorciado que no quiere ser padre ausente porque eso fue lo que tuvo que padecer él en su infancia, etc.

Ah! También algunos pasajes con sus fracasadas salidas de nuevo soltero, que está fuera de timming para el levante. Eso resultó gracioso, me hizo reír.

Pero la verdad es que me pareció too much para primera cita, yo ni loca cuento todo eso!!!

Digo, qué necesidad de desahogarse que tiene la gente, cuánta falta de contención. A mí siempre me pasa que la gente me cuenta sus intimidades, y yo sin querer saberlas!!! Sin siquiera preguntar, soy terreno para la confesión, pareciera que tengo un cartel que dice: “Vení, contáme todo que yo te escucho” Por eso mis amigas me apodaron “Luisa Delfino”.

La verdad es que por ese par de horas me limité a sorber café y emitir algunas intervenciones (pequeñas y preferentemente graciosas, para que sonría) como para dar cuenta de que lo estaba escuchando, pero me quería ir a mi casa. Estaba empezando a aburrirme.

Del otro lado de la mesa la situación era la inversa, el tipo se repantigaba en la silla, poniéndose cómodo. En una de esas, viendo que se hacía tarde, me dijo: “querés que pidamos una pizza”

Ja! Pero qué falta de glamour, che! Venír el primer día a contar toda su vida, en torno a un café y una pizza!! Está bien para amigos, pero nada mas puede salir de ahí . No sé, pero creo que prefiero las cosas de otra manera. Sí, de hecho…lo prefiero.

Agradecí, rechazando la invitación y aproveché que pude meter bocado para decir que se me hacía tarde, que mejor la seguíamos en otro momento, en otra oportunidad.

Abrí la puerta del café (ya había observado antes que la caballerosidad no era su fuerte) y respiré el aire de la libertad.

Free Again! Pensé.

Tenía que contarle todo a mis amigas, que ya me habían mandado más de 5 mensajes de texto during the date.

La peor cita de tu vida: Luisette (4)

Cuando me vió me dijo: sos más linda que en la foto.

Mientras tanto yo intentaba buscarle algo lindo...era difícil. Resultó bagarto nomás, su negativa a mandar la foto era fundada, se vé que había puesto todas las fichas en su encanto personal para impresionarme. Vaaamooosss….debe tener algo lindo, pensé, todos lo tenemos.

Y sí: su linda sonrisa, era agradable verlo sonreír después de un chiste. Así me convertí por un rato en la Pepitita Marrone del bar. Pero la sonrisa venía con un chicle, aaaahhhh….el chicle para el buen aliento, el chicle que iba a pegar pertinentemente debajo de la mesa (costumbre que odio). A esta altura, todos estos detalles de no coincidencia, de diferencia entre él y yo me causaban muchísima gracia. Era una cita demasiado patética!

Empezó hablando de la hija, hora y media mas o menos, con foto incluída (zzzzzzzz), culpa de padre separado, pensé. Ok. Entiendo que seas padre, pero la idea es conocerce primero entre nosotros. El tipo no me había mandado una foto suya antes de vernos y ahora me estaba mostrando la de la hija!!! Digo…eso no viene más adelante (bastante más adelante)?

Eché mano de toda mi paciencia y capacidad de empatía, digamos que hice de tripas paciencia, y se ve que dio resultado porque el tiempo se largó a hablar a lengua suelta. Resultó que quiso ser muy sincero y además de confesar la existencia de la hija (que a mi amiga le había ocultado), me confió su verdadera edad: 38 (y no 35 como nos había dicho antes, en el chat). Sonia04 no es la única que miente la edad en Internet.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Luisette (3)

Quedamos un martes en un bar de Palermo.

A esta altura en los foros yo ya era algo así como “inconquistable corazón”, y ninguno había llegado tan lejos, no me había citado con nadie para el tête à tête, para el encuentro face-to-face.

Llegó el día y yo esperé en el bar acordado, sin saber a qué me enfrentaba, sin una foto orientativa del pibe, nada, sabiendo sólo que hacía mucho deporte. Frente a lo desconocido y una taza de café, pensando qué hacía yo en ese lugar, con el escepticismo que me caracteriza. De dónde me había surgido la loca idea de que iba a conocer al hombre de mi vida en un casting de los foros de Internet! Por Dios!

Pero la idea era probarle a mis amigas que yo no era ese ser tan intolerante que ellas presumían, y que no estaba tan cerrada a toda posibilidad de conocer a alguien, que podía aceptar tomar un café con un muchacho cuasi-desconocido, sólo para ver qué onda. Lo mío sí era una cita a ciegas, mis expectativas eran casi nulas, pero el asunto podía ser divertido (o al menos pensar eso, me alentaba)

Yo, sentada en ese bar de Palermo, esperaba ser reconocida por un desconocido, gracias a la fotito que mi amiga había mandado.

Y el muchacho apareció. Un forzudo que no medía más de 1.60, 1.58 con mucho (al lado de mis 1.68). Intenté consolarme recordando la pareja Cruise-Kidman , pero no dio resultado. Una gorra Nike con visera, a las 20.00 hs pasadas de un día de invierno bastante oscuro me hicieron pensar que estaba lookeado ad hoc, sobre todo cuando llegué a vislubrar que debajo de la gorrita había un cuero cabelludo expuesto, en la lisura de su peladez, rapado totalmente, y a propósito.

El pibe tenía su estilo, una onda que no tenía nada que ver con la mía, claro, y el equipete se completaba con unos anteojos cuadrados de plástico blanco (muy cool), pantalón, buzo de gimnasia y zapatillas. Todo de marca. Se vé que el chico era muuy deportista, canalizaba por ahí.

Al toque me dí cuenta que nunca iba a dejar que ese pibe me tocara, ni con un palito, en un instante comprendí que había cosas (físicas) que nunca me iban a pasar con él, cuestión de piel. Pero a esta altura ya estaba sentada en el bar, así que era cuestión de pilotear el tiempo que demanda tomar un café. No parecía nada grave.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Luisette (2)

El publico de los foros parece heterogéneo, pero con un rapido vistazo uno se dá cuenta que es bastante homogéneo, digamos en general tirando a patético. Alguien que se queda en la casa sin animarse a salir para conocer a alguien, y se encierra en el espacio virtual de Internet, como consuelo imaginario al enclaustramiento real, sin encontrar algo más interesante en que perder el tiempo. A mí no me pasaba eso, yo salía, solo que…me había vuelto media fóbica. Mis amigas me acusaban de hinchapelotas, de intolerante, de buscarle 5 patas al gato, que fulano no porque tiene tal cosa, que mengano no porque es así o asá. Que ni te dás la oportunidad de conocerlos.

Y yo pensaba que para qué andar conociendo tanto nabo, que no todo lo bueno está por ser conocido o descubierto, que llega un momento en que uno mas o menos sabe lo bueno y lo malo que tiene, y que en general es bastante mejor del promedio a conocer.

Igual, para no sacarlas carpiendo me saqué un mail paralelo, para no mezclar mi vida normal con la avalancha de candidatos que me proponían ellas, y de vez en cuando aparecía alguno que me seleccionaban y lo agregaba a mis contactos, y chateaba un par de veces, y listo. Ahí quedaba el tipo.

Una noche me llama mi amiga, excitadísima porque me había encontrado “al candidato ideal”. El tal candidato era separado, 35 años, deportista, y guionista de un programa de humor de la tele.

Bien, vemos, dije. “Dále mi MSN”

Nos pusimos a chatear y la verdad es que era re divertido, la pasé bastante bien las veces que chateamos, aunque me llamó un poco la atención cierta dispersión, como que a veces se perdía en la conversación, se tildaba… o se iba y después volvía. En fin, el poder sostener o no una conversación con coherencia y continuidad es un dato al que presto atención, y bueno, esto era un poco…entrecortado.

Pensé que el Chat tiene eso, y nada más. Que el tipo podía ser un poco desconfiado también, total…él tampoco me conocía.

En paralelo iba el chat de él con mi amiga, que trataba de sacarle data y generarle ansiedad. Después de unos 10 días de chatear, me propuso vernos.

Mi amiga le había mandado por mail una foto mía y sospechamos un poco porque él nunca mandó la suya, alegando que no tenía ninguna digitalizada. Sospechamos de que fuera un bagarto, pero el pibe dijo tenerse mucha confianza “quedáte tranquila, yo la voy a conquistar” le decía a mi amiga. Digamos que no soy fácilmente impresionable, pero me gusta la gente con autoestima. Punto ahí.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Luisette (1)

No sé si la peor cita de mi vida es esta que voy a contarles, porque la memoria suele arrojar un manto de piedad sobre los eventos más difíciles que hemos vivido; la (des)memoria suele ser, afortunadamente, compasiva. Es más, estoy convencida que esta no debe ser la peor cita de mi vida, estoy segura que debe haber habido alguna (s) peor (es). En todo caso, es la peor cita que recuerdo.

En Marzo o Abril del 2.006, un par de amigas mías, aburridas de su trabajo de esposas y amas de casa, empezaron a meterse en los foros de Internet, a boludear, de puro aburridas nomás. Buscando algún motivo o excusa para sus incursiones forísticas (o foreras?) se les ocurrió que buscar candidatos para mí era un buen propósito, algo como un plus de motivación, y empezaron a tratar de pescarme tipos en la güeb, posibles candidatos potables para un acercamiento romántico. A la noche nos citábamos las tres en algún foro, ponéle el de Arnet, y ellas me presentaban tipos que acababan de conocer ahí. El resultado era obviamente desastroso, no sólo que no llegaban a la primera cita; no llegaba ni a darles mi MSN!!! Me aburrían antes de conocerlos, ya con chatear me aburrían. Como yo me cansé al toque del boludeo y no me engancha el histeriqueo cibernético con gente que no conozco, porque no sé ni siquiera si en verdad estoy hablando con un hombre o con una mujer, rápidamente desistí, tiré la toalla, les dije: hagan lo que quieran, chateen uds. todo lo que quieran y si en el medio aparece algo medianamente potable, chiflen. Mientras tanto yo hago mis cosas, miro la tele, leo, etc.

Así que empezaron con el operativo-selección.

La cosa era así, entraban al foro, chateaban con los tipos y en el momento que alguno les tiraba onda, le decían que en realidad ellas eran casadas, pero estaban buscando chicos interesantes para presentarle a una amiga. Ahí empezaba el verdadero casting, la selección.

(continuará)

jueves, 24 de mayo de 2007

La peor cita de tu vida: El señor Crab (y 7)

Susana

Susana era sin dudas la más interesante del trío. En sucesivas reuniones, me di cuenta de al menos dos cosas: de primera intención me mentía, para posteriormente rectificarse. Parecía como si su intención fuera no develar la verdad de entrada -quizá le fuera doloroso hacerlo- sino llegar por fin a ella a través de sucesivas aproximaciones. Era una cebolla a la que había que ir despojando de las sucesivas capas, hasta llegar a la sustancia. En segundo lugar, planteada frente a una pregunta que le resultaba difícil contestar, se escapaba, bifurcando los temas casi hasta el infinito. Era muy difícil seguirla, y sobre todo reconstruir un relato a través de los sucesivos e intrincados meandros por los que se internaba. Era, sin duda, el jardín de los infinitos senderos borgeanos. A pesar de su actitud autoindulgente y autoexculpatoria (como la de todos los demás, por otra parte) parecía sin duda la más honesta de todos.

Eso que me contás de que yo te haya dicho que estaba enamorada de vos, ¿sabés que no lo recuerdo para nada? En realidad yo era una chiquilina alocada y no recuerdo demasiado de las locuras que hacía en esa época.

Volví de mi luna de miel virgen, como había salido. Todos los esfuerzos que hicimos para que dejara de serlo fueron vanos. Al parecer había algo raro en mí. Lo cierto es que todo ese tiempo, que para mucha gente es motivo de regocijo y agradables recuerdos, fue para nosotros un tiempo que pasamos bastante desconcertados y aburridos. Al regreso consulté un médico y me diagnosticó una vagina flexible. Pero en forma inversa, en vez de abrirse, se cerraba. Recién después de un prolongado tratamiento pude llegar a la normalidad y a un normal disfrute de la relación sexual, pero ya para entonces, nuestras relaciones con Ricardo estaban infestadas por esta iniciación antinatural y que tanta culpabilidad de ambas partes ocasionó.

Por otra parte, tené en cuenta, yo provenía de un hogar religioso, donde la sola mención de la palabra sexo era pecaminosa, y donde no se me habían impartido ni las menores instrucciones con respecto a lo que debía esperar al respecto.

Gracias al tratamiento que seguí, a un médico que me comprendió y trató con mucha paciencia, pude llegar a tener hijos, aunque el primero con serias dificultades.

A todo esto, pensando quién sabe qué cosas respecto de nuestro matrimonio, aparece tiempo después el médico que me había tratado. Comienza a visitarnos, como amigo. Yo, que no entendía mucho lo que estaba pasando, lo dejaba conversando con Ricardo y me iba a dormir. Hasta que un día, a solas, me contó que en realidad él no estaba interesada en Ricardo, sino en mí. Le contesté que yo le agradecía todo lo que había hecho por mí, y que le tenía verdadero aprecio, pero que más allá de eso, nada. Que era casada, con tres hijos, y por el momento no me interesaba nada más, y ahí terminó la cosa.

Pero un tiempo después, no sé que me agarra, todavía no lo entiendo bien, y comienzo a sentir un resentimiento con Ricardo, a tratarlo mal, y termino pidiéndole el divorcio.

Ricardo no entendía nada, ya que me seguía queriendo y no sabía qué es lo que él había hecho, de qué debía sentirse culpable. Lo cierto es que la única culpable de todo era yo y mi locura. Tratá de comprenderme: yo era todavía una chiquilina.

Así que finalmente me salí con la mía y me separé. No quise llevarme nada, Ricardo se quedó con el departamento, y yo con los chicos, naturalmente.

Cada tanto, cuando venía los fines de semana a mi casa para llevárselos, hacía tentativas para recuperarme, pero yo seguía en las mías, loca.

De todo lo que vos me contás sobre mis infidelidades nada te puedo decir, excepto que Ricardo encuentra primero a esa mujer, Matilde, la borracha, ¡pobre Ricardo!, y se casa con ella. De modo que es él quien tiene primero una pareja y se casa.

Un buen día recibo una llamada del abogado de Ricardo diciéndome que me mandaba, para que los firmara, los papeles para el divorcio. Recuerdo que ese sábado, cuando vino a buscar a los chicos, le dije de todo. Estaba furiosa. Le dije que porqué me había tenido que mandar los papeles por medio del abogado, que si él no tenía las suficientes pelotas como para traerlos personalmente. Y otras consideraciones que bien te podés imaginar sobre Matilde y sobre ambos. ¡Estaba realmente furiosa con todo el asunto!

En realidad no entendía bien qué es lo que me pasaba. Por un lado, yo era la que me había separado de él, por mi propia voluntad y decisión, sin que el pobre tuviera nada que ver ni hubiera hecho nada para merecer tal trato. Y ahora que él pretendía buscar la felicidad con otra persona, yo me sentía furiosa. Pienso que en todo esto estaban un poco mezclados los celos, la certeza de que ahora sí lo perdía para siempre, y el saber, recién ahora, que en el fondo todavía lo seguía queriendo.

Pero vos fijate, con respecto a todo esto que me estás contando respecto a mi supuesta infidelidad, recién dos o tres años después que Ricardo se casa, conozco a este gordo infame, grandísimo hijo de puta que me cagó la vida, Andrés, gerente de un establecimiento avícola, y conocido de una amiga, y me caso con él.

Luego vino lo de Guillermo. Largos meses en el sanatorio primero, y luego, cuando no pudimos más, en el hospital. Ahí nos encontrábamos todos. Yo a veces iba con Andrés, y Ricardo iba con Matilde. A veces la conducta de Matilde era tan desubicada que le tenía que pedir a Andrés que se la llevase a algún lado para de ese modo quedarnos solos con Ricardo. Recuerdo que una vez que se habían ido ambos, me dijo: "Ya ves, otra vez estamos juntos los dos".

Sí, Matilde es una borracha de esas. Y además una sucia. El departamento de ambos es un desastre, y a uno le cuesta entrar. Había veces, en el período final de Guillermo en el que nos lo tuvimos que llevar a casa, que por mayor comodidad era la de Ricardo, daba vergüenza entrar: su ropa usada por los sillones, sobre la mesa sobras de comidas anteriores, papeles, revistas diseminados por todas partes, en fin: un lastimoso desastre. Ella es consciente, y por eso raras veces te invita.

Remigio me contó que la ceremonia de las cenizas de Ricardo fue para él una cosa lamentable. Matilde y González hablaban de negocios, como si nada importante sucediera. Y estaban arrojando al río las cenizas del marido de una y del mejor amigo del otro. Él parecía ser el único que se sentía realmente conmovido por lo que estaba viviendo.

Sí, una sola vez Remigio fue a ver una ópera con Matilde. Pero después fueron a tomar algo en el bar del Colón, y como ya es habitual en ella, Matilde, después de tomar un par de copas, hizo una escena a propósito de cualquier cosa, así que Remigio se fue y la dejó sola. Debut y despedida: fue la única y última que fueron juntos a una ópera.

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Algunos se preguntarán qué pasó en realidad con Susana, por qué su interés por recuperar su amistad conmigo después de cuarenta años. Y si consiguió, después de tanto tiempo, lo que se había propuesto conseguir. Si, pero fue una conquista con sabor amargo. Para ambos, creo.

La peor cita de tu vida: El señor Crab (6)

González

González seguí siendo el mismo tipo insignificante que yo había conocido en mi adolescencia, y que nunca supe explicarme porqué integraba, siquiera esporádicamente, nuestra barra selecta. González era "la formalidad", el tipo cuidado en la indumentaria y el lenguaje, el tipo que nunca estaba fuera de lugar dondequiera uno fuese, pero que tampoco estaba dentro.

Desde el principio, como era de temer, expuso un catálogo de sus realizaciones materiales, de sus propiedades, de sus autos, y de su maravillosa familia, además de su traje con camisa a tono y corbata italiana.

La verdad es que Ricardo no tuvo suerte con ninguna de sus dos mujeres.

La primera, una loca, pero de veras, le metió los cuernos al poco tiempo de casados. Un día, Ricardo me viene a pedir ayuda. Estaba casi convencido de que Susana le era infiel y quería que yo le ayudara a seguirla, para poder obtener evidencias, poder divorciarse y quedarse con los hijos. Como yo tenía un coche, me puse a su disposición. Y ahí estábamos ambos, convertidos en dos Sherlock Holmes, agazapados en el auto esperando que ella saliera para seguirla. Parecía que la cosa era con un médico que la había tratado de un problema que tenía.

Pero no pudimos obtener nada.

Susana tenía muy mal carácter, y la verdad es que lo tenía cagando. Presencié escenas en las que nunca me hubiera gustado participar. Pero él, a pesar de todo, la adoraba.

La cuestión es que un par de años después, se separaron. Ricardo se fue a vivir un tiempo solo, hasta que conoció a Matilde, que había enviudado y se había mudado a la misma casa de departamentos. Y se casa con ella.

Con Matilde le fue peor, porque además de tener también un carácter de mierda, y tenerlo completamente dominado, tomaba. A veces se ponía borracha de una manera lastimosa, y hacía cosas que uno quería que lo tragara la tierra para no tener que presenciarlas.

Ricardo cambió sin duda con la muerte del hijo. El hijo tenía sida. No sé si era o no homosexual. La verdad es que si lo era, no era muy ostensible, pero es cierto que era un poco raro, y que no se le conocían relaciones con mujeres. Fue un largo proceso, que Ricardo se bancó a su lado, compartiendo hasta el fin su larga agonía.

También solía estar Susana, que a veces venía también con su marido, con lo cual eso por momentos eso parecía un gallinero. El marido de Susana era un tipo bastante pelotudo y elemental: un vendedor de pollos.

Con Matilde y Ricardo fuimos sólo una vez de vacaciones juntos, pero el comportamiento de Matilde era tan lastimoso que juré no repetir la experiencia. Ricardo me pedía que nos adelantáramos, camináramos juntos y la dejáramos sola, así no tenía que aguantarla. Lástima que la que se la tenía que bancar era mi mujer.

En fin, que Ricardo no fue muy feliz con las mujeres. Y por otra parte, al parecer no tenía demasiado criterio para elegirlas, se enamoraba con mucha facilidad, y desesperadamente.

Con los hijos no le fue mejor. El más chico murió, como ya te conté. La hija es una loca, casi igual que la madre. El mayor es también un tipo raro, que vive solo, que no se sabe muy bien lo que hace ni de qué vive.

(continuará)

La peor cita de tu vida: El señor Crab (5)

El caso es que mi deseo de recuperar un amigo, de saber qué había sido de él durante esos largos años de separación, de compartir, ya en el final de nuestras vidas, experiencias buenas y malas, se veía de repente frustrado por la fatalidad.

Pensé entonces que una buena manera de rescatar al amigo perdido sería escuchar a quienes habían compartido con él todos estos años e intentar reconstruir parcialmente la historia a través de los retazos, necesariamente, inconexos, parciales y subjetivos.

Matilde

Poco es lo que mostró Matilde, excepto afán de impresionar al alguna vez dilecto amigo de su esposo. Pero no tenía nada con qué impresionar. Más bien de tipo vulgar, nada hermosa (aún haciendo uno una recomposición de lo que podría haber sido treinta años atrás), la pregunta era porqué Ricardo, porqué precisamente Ricardo, la había elegido, a no ser por la soledad. La soledad.

Hicimos con Ricardo un largo viaje. Recorrimos toda la provincia de Misiones. La verdad es que la pasamos muy bien. Hasta que al final, sucedió lo que ya te conté.

A pedido de Ricardo, lo cremamos. Traje sus cenizas a Buenos Aires, y las esparcimos en el Río de la Plata, en una ceremonia muy íntima, en la que estuvimos Juan, González, Remigio y yo.

Lo cierto es que Ricardo había cambiado mucho desde la muerte de Guillermo, su hijo, que murió de sida, tras una larga y dolorosa enfermedad. Durante meses estuvimos junto a él, en el sanatorio primero, y luego en el hospital. Con Ricardo, con Remigio, y muchas veces con Susana, su primera mujer.

Si, con la ex-mujer, a pesar de todo lo que pasó, nos seguimos viendo.

Yo con el jazz no tengo mucho que ver. A mí me gusta la ópera, que a Ricardo no le gustaba. A Remigio en cambio sí, y muchas veces vamos a ver alguna ópera juntos.

Con González y la señora hemos ido muchas veces de vacaciones, a distintos lugares. Nos llevábamos muy bien, y éramos muy amigos.

Y con Susana y su marido, que también murió hace unos años, poco antes de la muerte de Guillermo, también nos veíamos, a veces comíamos juntos los cuatro.

Yo al principio no me di cuenta de nada, pero un par de meses después de la muerte de Ricardo, reventó todo. Caí en una gran depresión, que me atacó también el hígado, me hinché toda, y estuve durante unos meses así, en tratamiento médico, hasta que hace poco comencé a recuperarme.

Yo ya te voy a llamar para entregarte los discos. No por ahora, ya que el departamento es un quilombo, y está muy sucio, pero dame un poco de tiempo: yo te voy a llamar.

(continuará)

La peor cita de tu vida: El señor Crab (4)

Quedé esperando, nuevamente. Dos días después, me llama una mujer. Me dice: soy Matilde, la mujer de Ricardo. Usted le ha mandado una carta muy afectuosa que he abierto y leído. Acabo de regresar de Misiones, donde estuvimos paseando un largo tiempo con Ricardo. Recorrimos todo Misiones, desde una punta hasta la otra, en un viaje muy hermoso, hasta llegar a las Cataratas. Llegamos por la mañana, y el primer paseo, por supuesto, fue la visita a las Cataratas. Volvimos hacia mediodía, y Ricardo me dijo: me siento un poco cansado. (Todo un largo monólogo, puntuado apenas cada tanto con algún ajá de asentimiento mío para que supiera que yo seguía ahí. Mientras tanto yo sentía y sabía que me estaba anunciando algo, pero dejaba que continuara el relato. De todos modos, el tono casual, sereno, calmo y pausado conque el mismo iba avanzando, no hacía presagiar nada demasiado serio: tal vez -pensé- Ricardo había tenido un pequeño problema de salud y había quedado internado en Iguazú).

Le contesté: es natural, hemos andado mucho, ¿porqué no te recostás un rato? Así lo hizo. Miró un poco de televisión, y durmió una larga siesta. A la tarde se levantó y me dijo: siento un pequeño dolor en el pecho, muy leve. Le dije: ¿no querés que llame un médico? No vale la pena, es una pequeña molestia, nada más. Bueno, al menos bajemos, tomemos un remise y vayamos al hospital a que te revisen. Eso sí, me contestó. Bajamos, y comenzamos a cruzar la calle, cuando me dijo: detengámonos, me siento mal, y comenzó a caerse. No alcancé a sostenerlo. Cayó al suelo, y yo a los gritos pidiendo auxilio. Vinieron los choferes de los remises, uno me ayudó, y en el mismo remise lo llevamos al hospital, pero cuando llegamos, ya estaba muerto...

Y al regresar me encuentro con su carta. Tan conmovedora. He sacado como diez fotocopias, para repartir entre la familia, los amigos. Y con Remigio, el hijo mayor de Ricardo, hemos decidido que, como nadie como usted está en mejores condiciones de apreciarlos, le queremos regalar todos los discos de jazz de Ricardo.

Quedé helado por la noticia. Imaginate, después de tanto tiempo, tenía esta vez la seguridad de recobrar a un viejo y querido amigo, y en cambio recibía su herencia. Así se lo dije a Matilde: que me sentía muy conmovido por la noticia, y por su ofrecimiento, del que por otra parte no me consideraba merecedor. Matilde me dijo que mucha de la gente que había leído la carta, amigos comunes, Juan, el hermano mayor de Ricardo, se habían también sentido muy conmovidos por ella, y que tenían muchas ganas de volverme a ver, de hablar conmigo.

A los dos días, me llama Remigio, el hijo mayor de Ricardo. Nuevamente la misma historia: que había leído mi carta, que se había sentido muy conmovido, que habían resuelto conjuntamente con Matilde regalarme la colección de discos de jazz. Nuevamente decirle que yo también había quedado muy conmovido por la noticia de la muerte de Ricardo, que lo de los discos era algo de lo que no estaba muy seguro de ser merecedor, que no consideraba que el hecho de haber escrito una carta verdaderamente sentida me hiciera acreedor a una herencia, etc.

Un par de días después me llama González, el amigo que cito más arriba, en el año 1962. Otra vez la misma historia, y quedamos en encontrarnos, lo cual en verdad no me entusiasmó tanto, ya que González no era por cierto Ricardo.

Pasaron otros tres o cuatro días, ¿y quién crees que me llama esta vez?

Susana...

(continuará)

La peor cita de tu vida: El señor Crab (3)

1998 - Ha salido una hermosa colección de jazz en fascículos, algunos de cuyos cd compro. Estoy escuchando uno de ellos, cuando siento algo así como "están tocando nuestra canción". Estoy escuchando uno de esos solos de Parker que nos enloquecían con Ricardo. Y entonces pienso, ¡qué joder! Ya pasó tanto tiempo... Lo voy a llamar. Agarro la guía, encuentro su número, y lo llamo.

Me atiende una mujer (¿su actual señora?) Y me dice que va a estar a las doce, que lo vuelva a llamar. Así lo hago, y me atiende él, avisado ya de mi llamado. Le explico que escuchando uno de los viejos discos que escuchábamos juntos me acordé muy intensamente de él, y que eso me había movido a llamarlo. Luego entramos en un intercambio de novedades: amigos muertos, sobre todo. Ahí es cuando después de darme el parte, y como una muestra de que su humor todavía permanecía, me dice: "Y nosotros tenemos también que ir pensando en hacer las valijas" (yo para mis adentros le contesté: "vos andá haciéndolas, yo todavía ni pienso"). Pero esta vez el tono era distinto, cordial, y la conversación se extendió por una media hora más. Nuevamente quedamos en vernos, y entonces me explica que se había terminado de operar de la vesícula, que aún estaba convaleciente y que casi no salía, pero que le dejara mi teléfono, que cuando estuviera mejor me llamaría. No muy convencido se lo di, recordando antecedentes anteriores, y quedé a la espera. Interiormente me dije que dejaría pasar un mes, y que si no me llamaba lo volvería a hacer yo.

Pasado el mes sin noticias, pensé que era mejor que le escribiera. Por teléfono uno (y sobre todo en un caso así) está un poco cohibido. Si bien está hablando con el otro, no es face to face. No lo vemos al otro, no vemos sus expresiones, sus reacciones, sus gestos. De algún modo uno se siente un poco inhibido. En cambio, en una carta, uno se expresa con libertad, sin que la presión de los silencios del otro nos perturbe (de hecho, nada nos puede perturbar) y nos haga decir cosas erróneas. Además, en una carta uno tiene todo el tiempo para decir lo que realmente quiere decir, sin apuros, sin presiones, sin silencios, sugestivos o no. De hecho, estuve pensando esa carta durante varios días. Obviamente, debía ser muy delicada y cuidadosa. Había una herida abierta, y no sé si estaba ya cerrada. Yo sabía que las dos veces de mis anteriores intentos, aún seguía abierta. En efecto, ¿qué podía decirme cuando nos encontráramos? Cuando comenzara el ineludible recuento de nuestras vidas, cuando llegáramos al momento de su separación de Susana, ¿qué podría decirme?: ¿vos tenías razón? Convengamos, era un poco duro. No sé si logré del todo mi propósito, o si logré exactamente lo que quería. Aquí va:

Querido Ricardo:

Seguramente te habrás preguntado, al recibir mi llamado ¿qué corno viene a buscar este tipo después de más de 40 años?

Y obviamente no podía aclarártelo en el marco de una por fuerza breve comunicación telefó­nica.

Dicen que las amistades de la adolescencia quedan grabadas con mayor intensidad. Dicen, también, que a cierta edad (la nuestra), uno empieza a recordar con nostalgia el pasado, ya que el futuro tiene por fuerza menor proyección. No sé cuál sea aquí el caso, pero lo cierto es que cada tanto, cuando surge una situación humorística, o un tema de jazz, o la necesidad de adoptar alguna actitud anticonvencional, me acuerdo de vos.

Lógicamente hubo luego amigos en mi vida, pero no (en todo caso un puñado, y algunos, para mayor desgracia, ya partieron) de los que yo llamo de tiempo completo. Hubo (hay) muchos con los que me conecto en forma parcial, y con los que comparto ya postulados éticos, gustos musicales, o una misma actitud irónica frente a la vida. Pero con vos la cosa era distinta. Recuerdo por sobre todo tu desprecio por toda convención, y no puedo negar que muchas veces, enfrentado a situaciones que lo necesitan, me he acordado de vos. Fuiste en ese sentido una especie de paradigma, del cual he aprendido y me siento (a pesar de algunas claudicaciones) modestamente digno.

La vida que enfrentamos es sin duda muy diferente que la que vivimos juntos. Seguramente ninguno de los dos pudo imaginar los cambios que habrían de sobrevivir. “Es difícil predecir, y menos aún el futuro”, dicen los chinos. Y esas son las cosas de las que me gustaría charlar con vos: de nuestros sueños, de nuestros ideales, y de la medida en que se hicieron o no realidad. Si has, como yo, cometido algunas pequeñas herejías -que entonces compartiríamos-, por ejemplo, mi afición por el “tropicalismo” brasileño. No se trata de una confrontación, ni de ver quién llegó más lejos, cosas que no interesan en la amistad. Tampoco de mantener una conversación convencional, que am­bos odiamos, sino justamente todo lo contrario

Es cierto, generalmente, los reencuentros con gente a la que dejamos de ver mucho tiempo son insatisfactorios, y nos dan un poco de miedo frente a la posibilidad de perder el tiempo, ese huidizo elemento que tan preciado nos resulta ahora. Uno queda con una imagen congelada del otro, mientras que éste tomó caminos distintos, de modo que cuando se cruzan, ambos están tan distantes que el reencuentro resulta imposible: estamos frente a un desconocido. Estoy seguro que no ha de ser nuestro caso. En nuestra breve conversación comprobé que dos de tus grandes virtudes permanecen: el amor al jazz y el sentido del humor. Encontré a otros con los que me he reído mucho, pero nunca pude encontrar a alguien con quien reírme y escuchar jazz y saber que estábamos vibrando exactamente al unísono. Y anduve bastante con gente del ambiente jazzístico.

Mi hermano, a quien no recuerdo hayas conocido, adoptó después de casado, e influido por su mujer, una verdadera cretina, actitudes sumamente mezquinas, que hicieron que me apartara de él. Con motivo de la muerte de mi madre volvimos a encontrarnos, y me preguntó (ni siquiera lo sabía) a qué había obedecido mi distanciamiento. Cuando se lo dije, reconoció mis razones, me dijo que había cambiado (era cierto), ya que su actitud le había costado muchas amistades, y me digo finalmente algo muy sabio: “en fin, eso ya pasó, intentemos recuperar el tiempo perdido”.

Dejé pasar más de un mes en espera de tu llamado. Todo hace pensar que no estás muy convencido, y creo de veras que es una pena. Como mi hermano, te digo: “recuperemos el tiempo perdido”. ¡Cuánto tiempo, y que rico si, como estoy seguro, recorrimos caminos paralelos!

Un abrazo, y espero tu llamado.

Jorge

(continuará)

La peor cita de tu vida: El señor Crab (2)

Pero quedaba lo peor. ¿Qué hacer al día siguiente, cuando Ricardo viniera a casa a escuchar jazz, como todos los domingos por la tarde? Cuando llega, por supuesto, la primer pregunta fue: ¿y, qué pasó? Pero ya entonces yo tenía preparado mi relato, luego de largas cavilaciones acerca de lo más conveniente por hacer: 1) ¿ocultarle lo conversado con Susana, para provocarle solo sufrimientos más grandes cuando llegara el momento de la inevitablemente cruel y dolorosa separación? o, 2) ¿decirle lo sucedido, corriendo el riesgo, dado su ciego enamoramiento, de que no me creyera? Por supuesto, había elegido 2): si tiene que doler, cuanto antes sea, mejor.

Cuando termino de contarle, él, de costumbre sereno y tranquilo, se pone loco, me dice que soy un delirante, que quién sabe qué comentario inocente habría hecho Susana que había desencadenado quién sabe qué delirios imaginativos míos, y que, por supuesto, no me creía una sola palabra, y que, también por supuesto, no tenía ningún interés en seguir siendo mi amigo, y que no nos volveríamos a ver. Y así fue.

1956 - Ricardo trabajaba en una joyería, donde trabajaba también Juan Visto, otro compañero de secundario de ambos. Un día, habían pasado cuatro años, me comprometo con una de mis tantas novias y le compro los anillos a Visto. Cuando voy a buscarlos, me encuentro con Ricardo, a quien saludo calurosamente, y que me trata con gran frialdad. Después del saludo, le digo que porqué no tomamos un café y charlamos, lo que no parece despertarle gran entusiasmo. Ante mi insistencia, me dice que le dé mi teléfono y promete llamarme. Todavía estoy esperando...

1962 - Pasan seis años, ya estoy casado con Silvia, mi primer mujer. Me encuentro en la calle con González, otro compañero común, con el cual comenzamos a recordar los viejos buenos tiempos idos, y quien de repente me pregunta:

-Decime, ¿qué pasó con vos y Ricardo, que eran inseparables, y de repente...?

Entonces le cuento toda la historia. Y él, que lo seguía viendo, me cuenta a su vez:

-Sí, se casaron, y Ricardo descubrió al tiempo que Susana le metía los cuernos, de modo que se separó.

1974 - Pasaron otros doce años. Corina y Elisa, mis hijas, andaban por los 14 y 12. Como el recuerdo de Ricardo y las cosas verdaderamente geniales que hacíamos juntos (todavía las recuerdo) siempre estaban presentes, se ve que les conté algunas anécdotas. Entonces me dijeron: ¿y porqué no lo llamás? Y... después de tanto tiempo. ¿qué sentido tiene, cómo me recibirá?

Un día vuelvo a casa, y me dice Elisa que me había llamado Ricardo , y que había dejado dicho que lo llamara. Yo contesté: pero si ni siquiera tengo el número. Está en la guía, me contestaron. Así que agarro la guía y lo llamó:

-Hola ¿Ricardo? Soy yo, Jorge Giusti, me dijeron que me habías llamado.

-¿Yo? ¡Jamás!

Interiormente pienso: cuando cuelgue las agarro a esas dos hijas de puta y me las van a pagar. Pero me sobrepongo e intento otra vez:

-Bueno, habrá sido una confusión. Pero ya que estamos, ¿porqué no nos vemos un día de estos, y charlamos?

Nuevamente, la misma frialdad de hace unos años:

-Bueno, en realidad en estos momentos ando muy ocupado, pero dejame tu teléfono. Yo te voy a llamar.

Sigo esperando.

Por supuesto, apenas cuelgo las agarro a las dos y les reprocho el papelón, y me contestan que debe haber sido alguna travesura de... ¡los hijos de Ricardo!

(continuará)

La peor cita de tu vida: El señor Crab (1)

Crab no cuenta exactamente una peor cita... Bueno, no cumple ninguno de los prerrequisitos, pero creo que está bueno incluirlo. Elemental.




Un día Ricardo, el gran amigo de la adolescencia, con quien hicimos juntos todo el secundario, me dice que el resto de nuestra barra eran intelectuales con los cuales no podíamos ir a ningún lado, y que ambos teníamos que ponernos de acuerdo para salir de levante.

Bueno, fijamos tres días a la semana, y nos pusimos a la tarea con gran empecinamiento. El problema que era difícil encontrar dos que nos gustaran: o había una sola linda, que nos disputábamos sin agarrar a la otra, o ninguna era linda. O cuando eran lindas no nos daban pelota. Pero seguíamos firmes, algún día encontraríamos dos como la gente

Tanto empecinamiento había de dar sus frutos, y en una de esas salidas conocimos a Susana. La verdad es que a mí Susana no me hizo mover un pelo. No era demasiado linda, no era nada inteligente, o sea que no tenía ningún atractivo... para mí. Porque para mi sorpresa, cuando nos despedimos luego de caminar unas cuadras con ella, Ricardo le pide una oportunidad para volverla a ver; usa para ello un repetido clisé:

-Bueno, espero que esta amistad que ha comenzado tan auspiciosamente no vaya a concluir aquí.

A lo que ella contesta:

-No, si quieren, el miércoles paso a la misma hora por el mismo lugar.

Y yo, prestamente:

-El miércoles no podemos, tenemos Cultural, y Ricardo, más presto aún:

-No importa, yo sí puedo.

Ni hablar que me sentí bien traicionado. La Cultural formaba parte de uno de nuestros ineludibles ritos, que se estaba haciendo a un lado con cruel ligereza.

Ahí comienza una nueva historia, en que íbamos ambos (no olvidar que éramos inseparables) a ver a Susana, y cuando ésta llegaba, yo me iba para casa. O a veces me quedaba un poco, para intercambiar unos chistes más con Ricardo.

Otras veces Susana me traía amigas, que como eran tan tontas y superficiales como ella, sólo daban para una salida, y no más. Yo siempre pensando qué le veía Ricardo a Susana, ya que para mí carecía tan obviamente de atractivos. Pero, dicen, así es el amor: ciego.

Hasta que un sábado viene Ricardo a verme y me dice que había muerto un primo repentinamente, y que tendría que ir al velatorio, y que como estaba citado con Susana, tenía que hacerle el favor de reemplazarlo, ya que ella no tenía teléfono y no tenía cómo avisarle. Además, como ella inventaba excusas para salir de la casa, tendría que quedarme con ella hasta medianoche. Que la invitara al cine, o algo así.

Aunque pasarme tres o cuatro horas con Susana no era la mejor idea que tenía yo de cómo pasar un sábado por la noche, todo sea por un amigo, allá fui. Le expliqué todo, y le pregunté adónde quería ir. Como nos habíamos encontrado cerca de un parque, y era una hermosa y cálida noche de verano, me dijo:

-Mirá, no tengo ganas de ir a ningún lado, ¿porqué no nos sentamos en un banco del parque y charlamos?

Nos sentamos y comienza a contarme. Que en realidad a ella, Ricardo no le gustaba para nada. Que desde el primer día, quien la había vuelto loca era yo, y que sólo había aceptado salir con él porque vio que nosotros éramos muy amigos, y que la única oportunidad que tenía de seguirme viendo, era saliendo con él. Que con el mismo propósito me había traído amigas, para así poder salir los cuatro y seguirme viendo.

Te imaginás qué lío. La mujer de quien estaba enamorado como un imbécil mi mejor amigo, estaba ahí, confesándome su amor... ¡por mí! Le dije que me sentía muy halagado por todo lo que me estaba contando, pero que no sentía absolutamente nada por ella, y que aún sintiendo, de ningún modo podía herirlo a Ricardo, que era mi mejor amigo.

(continuará)

miércoles, 23 de mayo de 2007

La peor cita de tu vida: La Otra Neurótica (y 5)

Llegamos a Acabar. Completamente lleno. Vamos a un bar en la misma cuadra. Pedimos unos tragos. Luego de un rato de conversación forzada, me sugiere ir a Acabar, “ya debe haber menos gente”, dice. Vamos, nos sentamos en una mesa. Viene la moza, “chicos, en 20 minutos cerramos”. Igual nos quedamos. Jugamos al único juego de mesa que NADIE estaba usando: los palitos chinos... Tomamos algo y nos vamos. Algunos besos. Nos subimos al auto. A esta altura mi cara de sueño es imposible de disimular. “Si querés recliná el asiento y dormí”, me dice. Y eso hago, me despierto una cuadra antes de llegar a mi casa (sí, ya sé, soy una hija de puta). Nos despedimos y él se va. Entro a mi casa, y al cerrar la puerta pienso: bueno, ahora sí que no me llama más. Pero me equivoco.

Me llama el lunes (yo todavía no le pedí su teléfono). Pregunta cómo estoy. Bien. Llama el miércoles para invitarme a salir. Me siento culpable y angustiada. Opto por repetir la tonta mentira: “está todo re bien con vos, pero me parece que estamos yendo muy rápido, yo todavía no estoy buscando una relación con demasiado compromiso”. Sube el tono de voz y me contesta: “yo tampoco estoy buscando una novia”. Cortamos, y no me llama nunca más.

La Rubia me cuenta en la semana lo que Augusto había dicho de mi: “es una pendeja inmadura, ¿para qué sale conmigo si no le gusto?”. Tiene razón, le digo a mi amiga, tengo 19 años. Para terminar de hacerme sentir mal, La Rubia remata: “te perdiste un muy buen partido”.

La peor cita de tu vida: La Otra Neurótica (4)

Durante dos semanas me llama día por medio para ver cómo estoy y para arreglar una salida, esta vez solos. Mi excusa es que no puedo porque tengo que estudiar (en parte es cierto, aunque siempre se puede encontrar un huequito...). Entonces me sigue llamando para preguntarme cómo me fue en los exámenes. Otro día más vuelve a llamar, y ya se me acabaron las excusas. Entonces le digo que si, que acepto salir el viernes. Corto. Me reprocho ser tan débil y tan estúpida para manejar este tipo de situaciones. Supongo que con mis ya 19 años me falta mucha experiencia, y además me siento culpable si hago sentir mal a otra persona. En definitiva es peor, pero no logro evitarlo, prolongo situaciones sin sentido.

Llega el viernes. Estoy realmente cansada (me levanto todos los días a las 6:30) y el poco entusiasmo no ayuda. Mejor dicho todo lo contrario. Resta. Quedamos a las 10 de la noche, pero toca timbre 9:20. Yo todavía me estoy bañando. Que espere, pienso. Le abro la puerta media hora más tarde. Mi mal humor aumenta.

- Te voy a sorprender - dice, apenas subimos al auto.

- ¿Ah si? ¿Por qué?

- Porque ni te imaginás a dónde te voy a llevar...

- A dónde?

- No, no te voy a decir, es una sorpresa, Lo único que te puedo adelantar es que es un bar que tiene juegos de mesa.

- Ya sé, Acabar. Sí, ya lo conozco.

- Ay, siempre hago lo mismo, no puede ser!

(continuará)

La peor cita de tu vida: La Otra Neurótica (3)

Pasan unos meses y La Rubia me invita a un recital de la banda en la que toca su novio. Es en un pub en Palermo. El novio también me ruega que vaya (yo tenía muy buena relación con él) y acepto. Sabía que lo iba a ver a Augusto, pero bueno, en definitiva no había pasado nada, no lo había vuelto a ver desde aquella vez. (Detalle: no sólo toca la banda sino que, además, ese mismo día es el cumpleaños de Augusto). No lo pienso demasiado, voy a un recital...

Llega el día, voy al pub en Palermo. Me encuentro con La Rubia, su novio, Augusto (se cortó el pelo y le queda muy bien), y un montón de amigos, amigas, conocidos de gente de la banda que me invitan a sentarme en su mesa. La música suena, y la imagen de Augusto arriba del escenario cantando con voz ronca prácticamente me hace olvidar la primera y única impresión que tenía de él. La banda termina de tocar, Augusto se me acerca, tomamos cerveza, charlamos, nos reímos; irreconocible. Después el grupo decide ir en busca de otro bar a festejar el cumpleaños de Augusto, y hacia allí vamos. En el nuevo bar sigue nuestra charla: la facultad, el trabajo, la banda, más alcohol. Hasta que, por fin, Augusto y yo nos besamos. Hasta acá, todo bien. Termina el primer beso y él me dice: “hace seis años que no estoy con una chica”. Me sorprendo y enseguida empiezo a sacar cuentas: tiene 24 años, eso quiere decir que desde los ¡18! No está con nadie.

- ¿Cómo que hace 6 años que no estás con nadie? ¿Desde los 18?

- Sí, desde el viaje de egresados – se ríe.

- Ah...

- Y no puedo creer que ahora esté tan bien con una chica, me gustás mucho – (¡¿estamos?!)

Me quedo callada, no sé qué decir. Me invade una sensación de miedo. Pero bueno, ya salí a la pista y ahora tengo que bailar. Entre beso y beso me repite alguna de esas frases. Sus amigos se divierten en su cumpleaños y él se queda todo el tiempo conmigo. Al final de la noche nos vamos los cuatro (La Rubia, su novio, Augusto y yo). Previa parada en un Mc Donald´s, me llevan a mi casa (ahora ya vivo en capital). Augusto me pide el teléfono y se lo doy (¿Cómo decirle que no?). Pero no le pido el suyo.

(continuará)