sábado, 26 de mayo de 2007

La peor cita de tu vida: Emilie (y 5)

Con la excusa de “mira que linda noche”, “mira las estrellas como brillan, bla bla bla” Juan estacionó el auto y se arrimó a mí para besarme. Yo, que estaba decididamente fuera de mi cordura, no rechacé el beso, no sólo que no lo rechacé sino que yo también lo besé, o sea, nos besamos. Tal como lo había pensado, Juan no besaba mal, por lo tanto la posibilidad de que se convirtiera en mi amante por una noche seguía en pie. Acto seguido sucedió lo que se imaginan. No pregunten cómo alguien puede terminar de esa manera con la otra persona sin que la persona le guste, porque yo aún sigo sin encontrar respuestas a ese interrogante. Fuimos a un hotel y cuando nos estábamos besando y Juan se saca la remera yo descubro que tiene colgada una medallita religiosa. Aclaro que yo soy una persona respetuosa de las religiones ajenas pero, dadas las circunstancias, una medallita en el pecho de J. era lo que menos me esperaba. Por suerte él atinó a sacársela antes que yo lo propusiera, pero para ese momento la situación era irremediable.

Cuando salimos del hotel le pregunté a Juan qué significado tenía la medalla que tenía puesta, él me preguntó si yo era creyente, a lo que yo respondí “no, no soy agnóstica” “ah porque yo sí y tengo algo especial con las vírgenes”-comentó él. Era algo así como devoto de unas cuantas. Hice que la conversación derivara en religión y la verdad teníamos concepciones muy diferentes, todo bien con su fetichismo por las vírgenes, pero no quise saber más, ya tenía suficiente para charlar en terapia de porqué había llegado a ese punto con Juan cuando no me gustaba ni un poco. Me alcanzó a tomarme el colectivo y yo huí antes de que me pidiera mi teléfono. Después de esa vez lo encontré en el msn una vez e inventé alguna excusa para no volver a verlo. Luego lo eliminé de mis contactos, él me mandó mails a los que respondí diciendo que había vuelto con M., totalmente mentira. Y hace un par de meses, DOS años después, sí dos años, de nuestra única cita, recibí un mail de él en el que me decía que quería saber de mí. Esta vez no respondí.

Después de este episodio no volví a entrar nunca más a un Chat y aprendí que por más desesperada en conocer a alguien que esté no podría jamás tener un amante con características tan disímiles a mí. Y, pese a que esto no me sirvió como escarmiento, hoy en día tengo terror a las citas a ciegas.

La peor cita de tu vida: Emilie (4)

Tal como lo había previsto Juan era un chico cheto de esos que hablan como si tuvieran una papa en la boca, al escucharlo me lamenté mucho no haber hablado por teléfono con él previo al encuentro (paso muy importante en una cita a ciegas). Al principio de la conversación entramos más en detalle sobre nuestra ocupación; él trabajaba en una productora de televisión muy conocida, había estudiado periodismo en una escuela privada, todo esto lo acreditaba a decir que era periodista; y según él esto hacía que nosotros tuviéramos cosas en común, dado que yo estaba estudiando Comunicación. Todo esto podría haber sido solo un detalle sino hubiera sido por la manera en la que él lo mencionaba; trabajar en la PRODUCTORA era algo que lo hacía creer importante y sacaba chapa con eso cada vez que podía (como si a mí me importase). En el medio de la charla sobre periodismo, comunicación, etc; él me comentó que no podía creer que una estudiante de comunicación (yo) no tuviera celular, no estaba sorprendido sino sorprendiiiidíshimo, en serio. Este tipo de cosas hacía que yo tomara cerveza sin parar y me preguntara a mí misma qué era lo que me había llevado a estar en semejante situación. Por otro lado, se hacía cada vez más evidente que Juan estaba con claras intenciones de levantarme; cuando ya habíamos hablado de nuestras carreras, trabajos, etc; continúo la charla haciéndome preguntas majul como ¿Qué es lo primero que le miras a un hombre? o ¿Qué es lo que más te gusta de un hombre?. Por supuesto que él también quería dar su opinión, así que solito me dijo que lo primero que se fijaba de una mujer eran las manos y la sonrisa, y elogió ambas partes mías. “ Ahh ah, mirá vos” yo sonreía y tomaba más cerveza.

Era claro que a mí Juan no me gustaba ni cómo hablaba ni lo que hablaba ni siquiera cómo era físicamente, en definitiva no me gustaba. Y hasta el día de hoy sigo preguntándome cómo y porqué después de todo acepté dar una vuelta en su auto con la excusa de ir a otro bar. Cuando subí a su auto supuse que la cosa iba a terminar mal. Puso un compilado de rock nacional, lo que le dio pie para que me hablara de su fanatismo por Calamaro. Bueno que le guste Calamaro es normal, a mí no me desagrada, pensaba yo; que sea fanático es otra cosa, pero hay fanáticos de cosas peores, me convencía yo. Mientras en su compilado sonaba Rata Blanca y él me hablaba boludeces importantes, que en este momento no recuerdo, yo seguía preguntándome “qué estaba haciendo ahí” y seguido a esto meditaba sobre si era posible tener un amante con las características de Juan. Parecía como si yo no estuviera en el auto sino completamente zambullida en pensamientos neuróticos sobre porqué estaba ahí y lo que seguiría después, hasta incluso en un momento sólo escuchaba “bla, bla, bla” pensando en la posibilidad salvadora (¿) de que a lo mejor Juan besaba bien. Sabía que se aproximaba el MOMENTO del beso y yo era bastante culpable de que ese momento se efectuara.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (3)

Con cierta dubitación, dimos el primer paso, que fue el intercambio de fotos. En cuanto a la foto que recibí de él pude advertir que no se trataba de alguien feo, pero tampoco lindo, era común. En cuanto a mí, Juan se quejó del tamaño del popurrí de fotos que yo le mandé (eran pequeñas) pero dijo que podía dilucidar que yo era una linda chica. Yo no supe como devolverle el cumplido, no quería adelantarme y tampoco quería mentirle así que respondí con un gracias seco. Sinceramente a mí Juan no me llamaba la atención en lo más mínimo, pero yo insistía en que tenía que existir algo que me motivara a continuar con esa “relación” sino interrumpía todo mandándolo a los desechos de la cpu. Ya que para mí una relación virtual no tiene ni pies ni cabeza.

Así fue como una tarde tuvimos una charla en la que di lugar a que nos sinceráramos un poco más y habláramos de nuestras propias inseguridades, nuestros intereses, nuestros miedos generales a la vida, nuestros egoísmos y generosidades, y, la verdad no me acuerdo qué hablamos, pero a partir de esa vez empecé a sentir curiosidad, y a convencerme que a lo mejor sí teníamos algo en común con Juan que por chat no lo podíamos develar. Viéndolo a la distancia de los hechos, lo cierto era que yo quería conocer a alguien, cualquier medio para hacerlo me cerraba y no tenía miedo a la decepción porque en definitiva no estaba ilusionada. Así que me convencí de mil formas que no estaba mal conocer a Juan y acepté tomar un café con él.

Fue así como un día, después de un mes de charlas esporádicas por el msn, nos citamos en Plaza Serrano a las 21hs. Llegué unos 10 minutos antes de la hora acordada, como él no estaba y dado que estaba un poco nerviosa fui al quiosco a comprarme unos chicles. Cuando regresé Juan ya estaba en la puerta. Al verlo yo ya sabía que no me gustaba, primero por su estatura, era bastante más petiso que yo, y segundo porque tenía pinta de cheto, pero no era feo y yo ya estaba ahí y Juan me había visto acercarme hacia el lugar, por lo tanto no podía huir, la cosa debía continuar.

Nos saludamos con un beso en la mejilla y entramos al bar, un poco nerviosos, él sugirió que nos sentáramos en el rincón donde estaban las mesas con silloncitos en vez de donde estaban las mesas con sillas comunes. Era claro, seguía con intenciones de levantarme. Así que nos sentamos ahí, pedimos una cerveza, yo elegí la bebida, necesitaba un poco de alcohol por si la situación se ponía tensa o aburrida. Era claro, yo estaba dispuesta a que pasara lo que pasara.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (2)

Decidí ponerme un nick raro que sirviera de filtro, ya que no me interesaba conocer a alguien que de entrada me hiciera las típicas preguntas de prontuario y de manera consecutiva, “¿Cuántos años tenés?, ¿De dónde sos?, y la peor de todas éstas “¿Cómo sos?”. Así es como me puse Hipérbole, realmente quién podía hablarme con ese nombre si ni siquiera determinaba mi sexo. En fin, el nick era efectivo si yo no quería que se me abrieran montones de ventanitas con pajeros “hablándome”, pero como dije antes yo quería conocer a alguien por lo tanto si nadie me hablaba la idea del nick era un fracaso.

Finalmente me titiló una ventanita en la que me conversaba un tal Juan, que si mal no recuerdo a lo primero que se refirió fue a la originalidad de mi nick. En el instante en el que le contaba a Juan el por qué de mi nick concluí que en ese momento de mi vida todo lo que me pasaba yo lo llevaba a su máxima exageración, así que si en nuestra vida tuviéramos que definirnos a partir de una figura retórica mi elección de aquella vez hubiera sido, sin duda alguna, la de hipérbole.

Volviendo a Juan, me acuerdo que a cualquier cosa que me preguntaba le anteponía o agregaba el término “linda”: “Linda, ¿a qué te dedicas?” o “¿Cuántos años tenés?, linda”. Esa forma de llamarme me desmotivaba a continuar la charla, ya que una de las cosas que más me desagrada es que un tipo te llame “linda”, y más aun cuando una no le ha dado la confianza para que te nombre de esa manera. Pero debo reconocer que soy una neurótica obsesiva con esas cosas y en definitiva lo que importaba es que el que me llamaba “linda” había sido el único que me había hablado, además usaba todas las tildes y no me había preguntado “¿Cómo sos?”. Por lo tanto mi tolerancia hacia Juan aun no había llegado a su límite.

Esa tarde habremos hablado 30 minutos, antes de despedirnos lo agregué al msn, y sí, yo seguía firme en mi objetivo de conocer a alguien a toda costa. A partir de ahí empecé a chatear con él siempre que lo encontraba conectado; esas charlas consistían en una mera descripción de lo que estábamos haciendo cada uno en ese momento o de cómo había sido nuestro día. Fue así como pasó el tiempo y yo finalmente me reintegré a mis actividades usuales y me recuperé un poco de mi crisis depresiva, con lo cual Juan podría haber quedado relegado al mundo virtual. Sin embargo, yo seguía sin conocer a nadie y sintiéndome sola; entonces Juan estaba cada vez más cerca de pasar al escenario del mundo real.

(continuará)

La peor cita de tu vida: Emilie (1)

En el verano del 2005 yo me decido a irme sola de viaje al norte del país. Pese al carácter solitario que adquirió ese viaje, la pasé bien hasta que, cuando faltaba una semana para mi regreso a Buenos Aires, me caí de un cerro y me lastimé la parte inferior de mi pierna derecha. El traumatismo sufrido no fue tan grave para lo que había sido la caída, se podría decir que la saqué barata, pero esto no me salvó de tener que pasar una noche en el hospital de Tilcara. Para ese momento yo ya me había separado de los chicos que había conocido la primera semana de viaje, así que estaba completamente SOLA. Cuando me dieron el alta al día siguiente decidí continuar con mi aventura. En ese lapso de tiempo seguí conociendo gente, la cual en su mayoría era mucho menor que yo, que en ese momento tenía 24 años, con lo cual no sólo me sentía sola, y aburrida por no poder subir a ningún cerro por el accidente sufrido, sino también desfasada en edad con respecto al viaje que estaba haciendo, en síntesis, me sentía un sapo de otro pozo. Por lo tanto emprendí mi vuelta a Buenos Aires días antes de lo previsto.

La sola idea de llegar de Humahuaca a Liniers un viernes a las 6 de la tarde era ya suficiente para angustiarme. Si a eso le sumamos que yo volvía con una pierna hinchada, tomando antibióticos y anti-inflamatorios, y con la indicación médica de que hiciera reposo por tiempo indeterminado, lo que en la práctica significaba entre otras cosas que no podía salir ni ese fin de semana ni el próximo y debía estar con la pierna levantada la mayor parte del día, mi estado ya era más que depresivo. Ergo la soledad que había sentido en la última parte del viaje no había sido nada; en Buenos Aires eran días enteros sin poder ir a trabajar ni a cursar, en consecuencia mi vida social era nula.

Durante mi reposo una de las pocas cosas que podía hacer era cruzarme al locutorio que quedaba enfrente de mi casa y comunicarme con mi gente a través de Internet. Así fue como una tarde me encontré conectado en el Messenger a M., un chico con el que yo había dejado de salir un año atrás y del que había estado enamorada. En esa charla le conté mis nuevas malas, y él remató la conversación poniéndome al día de sus cosas, de las cuales la única que retuve, y la que no me dejó pensar en otra cosa durante varios días, fue que se había puesto de novio. Sólo me faltaba enterarme de eso para terminar de hundirme por completo en un pozo depresivo. Además de no poder salir y por lo tanto de no poder conocer a nadie no podía recurrir a la atención de un ex. El mundo estaba indudablemente en contra mío, realmente todas las cosas que me ocurrían las creía tremendas, me sentía una desdichada, inútil y cada vez más horrible.

En pocas palabras el aburrimiento y la soledad que sentía en esos días me llevaron a meterme en un chat. No era la primera vez, ya lo había hecho de más chica, pero en esas ocasiones mi intención no era la de conocer a nadie, sólo me motivaba la curiosidad por el medio. Ahora me estaba metiendo en esos canales de Chat que tienen categorías que dicen de tal edad a tal edad, con la sincera intención de conocer a un hombre. Y esto, debo reconocerlo, me hacía sentir aun más perdedora.

(continuará)